Es fácil dar por sentada la ciudadanía cuando la recibes automáticamente y nunca tienes que defenderla
Originalmente publicado en Global Voices en Español

Grupo de personas con sus pasaportes en reunión Wikimania celebrada en 2024. Imagen de Ahmad Ali Karim, CC0 a través de Wikimedia Commons.
Este artículo forma parte de la serie Spotlight de julio de 2026 de Global Voices, “Apatridia“. Esta serie ofrece una visión detallada del problema de la apatridia y cómo limita la libertad de movimiento, oportunidades educativas, acceso político, y más. Puedes apoyar este reportaje con una donación.
Hace años que soy consciente de que la apatridia es un problema de vital importancia y del que se habla muy poco; escribí por primera vez al respecto en 2017. En gran parte, me fascina por su casi invisibilidad: como señalan muchos de nuestros artículos de este mes, es fácil dar por sentada la ciudadanía cuando se obtiene automáticamente al nacer y nunca hay que defenderla.
A pesar de mi interés, fue cuando Global Voices comenzó a colaborar estrechamente con el Movimiento Global contra la Apatridia (GMAS), nuestro socio en la serie “Spotlight” sobre “Apatridia“ de julio de 2026, que empecé a comprender gran variedad de formas en que las personas se convierten en apátridas, y los diversos efectos que conlleva. Yo asociaba la apatridia con la condición de refugiado, con grupos que, normalmente por motivos de intolerancia, no eran bienvenidos en sus países de origen. Sin duda, esa es una de las causas de la apatridia, y podemos ver algunas de sus muchas formas en la serie “Spotlight”, como en esta historia sobre una artista de Myanmar que lucha por rehacer su vida en Francia, o en esta otra sobre una mujer trans que huyó de Rusia.
Al hablar con miembros de GMAS y asistir a algunos de sus eventos, descubrí otras formas en que las personas pueden quedar en situación de apatridia, a menudo debido a la banalidad de una burocracia reacia a lidiar casos límite. Con bastante frecuencia, esas trampas administrativas también encierran una intolerancia inherente: por ejemplo, el caso de los niños japonés-filipinos nacidos en Japón, o el hecho de que, en los países del Golfo, las mujeres no puedan transmitir su nacionalidad a sus hijos.
Para otros, es el país el que ha cambiado, como cuando se desintegró la URSS. O bien, hay grupos que nunca han tenido su propio Estado y a los que nunca se les ha permitido integrarse plenamente en el país donde viven, como se explica en este artículo colaborativo sobre los romaníes en Ucrania y los tártaros en Rusia. Una dinámica similar se aplica también a los romaníes de la antigua Yugoslavia.
Quizás lo más escalofriante es cuando la amenaza de la apatridia se utiliza para imponer la opresión y el autoritarismo, como en el caso de la nueva ley que permite a Camboya revocar la ciudadanía por determinados delitos. La columna de análisis narrativo Undertones de agosto examina cómo se justifican esas amenazas en el contexto de Nicaragua, que promulgó una ley similar en 2023.
Aun así, algunos de los textos que más me han conmovido em agosto han sido los ensayos de personas que se sentían alejadas de su tierra natal o de su país: una exiliada venezolana que no pudo regresar de México para ayudar tras el terremoto porque su situación irregular no le permite viajar; una ópera cantonesa que le recordó a alguien que huyó de Hong Kong todo lo que ha cambiado.
También hay artículos que nos recuerdan la precariedad y la incertidumbre de la documentación administrativa en la que se basan todas nuestras nacionalidades. En India, por ejemplo, una serie de titulares recientes ha recordado a la población que un pasaporte no es prueba de ciudadanía. Especialmente en un país donde los requisitos de ciudadanía han cambiado recientemente, eso significa que demostrar la ciudadanía puede ser un proceso complicado, como nos explica el artículo: “Un certificado de nacimiento … suele bastar si nació antes de 1987. Quienes nacieron entre 1987 y 2003 deben demostrar que al menos uno de sus padres es ciudadano indio, y quienes nacieron después de 2003 deben comprobar que ambos padres son ciudadanos o, al menos, vivían legalmente en India”. Esto es complejo, e imposible para muchos, ya que “incluso en una fecha tan reciente como 2019, casi el 40% de los niños menores de cinco años no tenía partida de nacimiento“.
La ciudadanía puede escapársenos de las manos, y los Estados no siempre cumplen con su obligación de examinar minuciosamente las pruebas complejas y, a menudo, arbitrarias que exigen.
La apatridia es importante por sí misma, por las devastadoras consecuencias que puede tener en la vida de las personas. También sirve para recordarnos a quienes normalmente no pensamos a respecto que nunca debemos dar por sentada la ciudadanía. Eso significa no solo valorar lo que tenemos, sino también cuestionarnos por qué es así. La ciudadanía no es automática, inevitable ni uniforme en todos los países; su funcionamiento es el resultado de una serie de decisiones. Este planteamiento sobre la apatridia revela cómo esas decisiones perjudican innecesariamente a millones de personas.






