Las hijas únicas del país se convirtieron exactamente en aquello para lo que fueron educadas

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Originalmente publicado en Global Voices en Español

A poster for a popular Chinese drama, ‘Be Yourself’

Cartel de la popular serie dramática china Sé tú misma (機智的上半場 2023), que cuenta la historia de cuatro mujeres independientes que crecen en la China contemporánea. Imagen tomada de la cuenta oficial Weibo. Uso legítimo.

Grace respondió al teléfono a las 22:30 horas, hora de Pekín, después de otra jornada laboral de 12 horas.

—No puedo depender de nadie más —me dijo.

Sus palabras bien podrían ser una frase de Sé tú misma, popular serie dramática china sobre cuatro jóvenes que enfrenta el empleo, las relaciones y la vida adulta de acuerdo con sus propias convicciones. En los últimos años, las historias de mujeres independientes han cobrado cada vez más protagonismo en la cultura popular china y han conectado con una generación de mujeres cuyas vidas se han visto marcadas por mayor acceso a la educación, oportunidades profesionales y posibilidad de trasladarse de un lugar a otro.

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Una semana después, Scarlett estaba sentada en el salón de un local de Manhattan mientras tomaba un té de frutas caliente. Había dejado un trabajo en el sector financiero de Hong Kong para cursar estudios de posgrado en Nueva York y describía la independencia de otra manera.

—Puedo irme cuando quiera.

Otra de las mujeres a las que entrevisté, Iris, estaba en Hawái haciendo tiempo hasta que comenzara su nuevo trabajo.

Las tres pertenecen a la generación china del hijo único. Cada una es hija única. Todas crecieron en familias que habían destinado grandes recursos a su educación y que daban mucha importancia al esfuerzo y los logros. Aunque sus vidas son diferentes, comparten una herencia: fueron educadas para verse como las principales responsables de escribir su propia historia.

Sus experiencias revelan una contradicción fundamental en el debate demográfico de China.

La disminución de la tasa de fecundidad china suele explicarse como consecuencia de las presiones económicas, el cambio de actitud frente al matrimonio o el aumento de los costos de criar hijos. Pero estas explicaciones dejan de lado una transformación más profunda. Las mujeres que China ahora espera que se casen antes y tengan más hijos son las mismas a quienes durante décadas alentó a estudiar, alcanzar el éxito y ser independientes. Sus opciones de vida se ampliaron mucho más allá de las expectativas tradicionales.

En ningún otro ámbito resulta tan evidente esta contradicción como entre las hijas únicas de China.

Durante décadas, el proyecto de modernización de China se apoyó en la ampliación de las oportunidades. Durante la política del hijo único (1979–2015), los padres de muchas familias de las ciudades chinas destinaron grandes recursos a la educación de sus hijas, a actividades extracurriculares y a su formación académica. Muchos las alentaron a aspirar a un futuro con más posibilidades que el que habían tenido las generaciones anteriores de mujeres.

Según los parámetros convencionales, el proyecto tuvo éxito.

Hoy, las mujeres representan más de la mitad de los universitarios de China y han accedido a profesiones de élite en una proporción sin precedentes. Durante años, esta transformación fue celebrada como una muestra de progreso social.

Pero este éxito también ha generado un dilema inesperado.

Cada vez más, las mismas cualidades que antes se fomentaban como virtudes —la ambición, la educación, la independencia y la movilidad— son más consideradas obstáculos para el matrimonio y la maternidad. El lenguaje utilizado para hablar de la condición de mujer también ha cambiado. Cada vez más, las mujeres son evaluadas, no como estudiantes, profesionales o individuos, sino como agentes demográficos de quienes se espera que contribuyan a resolver la crisis de fecundidad.

Las mujeres con las que hablé rara vez describen sus decisiones en términos ideológicos. Hablan de autonomía, de un trabajo que tenga sentido y de su negativa a organizar toda su vida en función de las expectativas ajenas.

En sus relatos, la independencia adopta distintas formas. Para Grace, está ligada a una intensa carga laboral; para Scarlett, la seguridad proviene de la flexibilidad económica; para Iris, la movilidad y la incertidumbre forman parte de lo que da sentido a su vida.

La historia de Iris ayuda a entender cómo desarrolló esa necesidad de tomar sus propias decisiones.

Su infancia estuvo llena de clases de piano, natación y programas de formación destinados a ampliar sus posibilidades para el futuro. Años después, comenzó a interpretar de otra manera aquellas inversiones. Su madre no se había limitado a pagar por el aprendizaje de determinadas habilidades. Había invertido en su capacidad para aprovechar las oportunidades allí donde surgieran.

Como muchos padres urbanos chinos durante los años de rápido crecimiento económico del país, la madre de Iris creía que era posible construir un futuro con más posibilidades mediante planificación, educación y esfuerzo. Estudiar en el extranjero, alcanzar el éxito profesional y poder trasladarse a otros lugares no eran sueños lejanos, sino objetivos por los que valía la pena trabajar.

Sin embargo, cuando esas oportunidades se concretaron, muchos padres comenzaron a tener dudas. Las mismas familias que habían alentado a sus hijas a explorar el mundo esperaban que, tarde o temprano, regresaran a casa, se casaran a la edad que consideraban adecuada y formaran una familia.

En otras palabras, muchas hijas únicas hicieron lo que se esperaba de ellas. Siguieron el camino que sus familias habían trazado. La contradicción es que ese camino las llevó mucho más lejos de lo que sus padres —y quizá también el propio Estado— habían imaginado.

Los debates sobre el descenso de la fecundidad en China suelen pasar por alto una cuestión fundamental: hasta qué punto las mujeres han asumido que tienen derecho a decidir sobre su propia vida. La educación no solo amplió sus oportunidades. También les permitió imaginar otras formas de vida y convirtió el matrimonio y la maternidad, que antes se daban por sentados, en decisiones que podían tomar por sí mismas, en el marco de sus derechos reproductivos. Una investigación reciente de la Universidad de Hong Kong sobre las actitudes de las mujeres chinas hacia el matrimonio y la maternidad apunta a una transformación más profunda: el matrimonio ya no se considera necesariamente un requisito para que una mujer forme una familia.

Durante décadas pareció posible un acuerdo tácito: las hijas recibirían una educación y posibilidades que las generaciones anteriores de mujeres no habían tenido, y con el tiempo llegarían el matrimonio y las responsabilidades familiares.

Pero ese proceso transformó a las mujeres mucho más de lo que muchos habían previsto.

Las mujeres que entrevisté no rechazan el matrimonio ni la maternidad. La mayoría todavía considera la posibilidad de casarse y tener hijos. Lo que rechazan es la idea de que esas decisiones deban estar necesariamente por encima de cualquier otra aspiración.

Las hijas únicas de China no rechazaron el futuro que se les ofreció.

Lo hicieron realidad.

La crisis de fecundidad del país puede ser una de las señales más claras de que ese proyecto de modernización tuvo éxito.

Escrito (English) por Lina Ma
Traducido (Español) por Elvira López
Ver artículo original (English)