Tras cinco años del régimen talibán, a las mujeres las han borrado de la esfera pública.

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Originalmente publicado en Global Voices en Español

Women in Afghanistan.

Mujer en Afganistán. Captura de pantalla del video «Dos muertos en inusuales protestas en Afganistán contra represión talibán a las mujeres en Herat, Afganistán» del canal de YouTube de India Global Today. Uso legítimo.

Desde agosto de 2021, la sistemática eliminación de los derechos de las mujeres en Afganistán ha ocurrido a través de sucesivos decretos que han prohibido que las mujeres reciban educación secundaria y universitaria, han excluido a las mujeres del espacio laboral, han restringido su libertad de movimiento y, a la larga, las eliminó de la esfera pública.

Naciones Unidas y organizaciones internacionales de derechos humanos han condenado estas medidas en reiteradas ocasiones, que han hecho que Afganistán sea el único país del mundo donde las niñas tienen prohibido continuar sus estudios después de sexto grado.

El 6 de junio de 2026, al menos 30 mujeres fueron detenidas por presuntamente no seguir el código de vestimenta impuesto por el Talibán en Herat, ciudad al oeste de Afganistán. Los arrestos no son simples restricciones añadidas a la lista de prohibiciones. Estos arrestos reflejan una profunda transformación en cómo la represión del Estado opera en el país.

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Las consecuencias de estos arrestos no solo se limitan a las mujeres detenidas. Se extiende a millones de mujeres que modifican su vida diaria por el miedo a convertirse en una nueva víctima.

Cálculo de los riesgos personales

Los rumores de que las fuerzas talibanes están deteniendo, reteniendo y abusando de mujeres en Herat se extendieron rápidamente en la comunidad. Para las mujeres, esto ha creado una atmósfera de ambigüedad en la que deben tomar el riesgos calculado de salir de casa, más que considerarlo una parte de su vida diaria.

Una visita al mercado, una cita médica o una reunión familiar no se sopesan solo por necesidad, sino también por la posibilidad de ser cuestionada, humillada o detenida.

El problema central ya no es solo si todas las mujeres enfrentan el mismo nivel de peligro. Lo que realmente importa es que ahora muchas piensan que pueden detenerlas en cualquier momento. Esa sola creencia está reestructurando cómo las mujeres se mueven dentro de las ciudades.

Las mujeres en Afganistán, que antes estaban en todas partes, viajaban libremente por los mercados, visitaban a sus familiares y asistían a reuniones ahora deben reconsiderar sus opciones.

Algunas atrasan sus salidas hasta que un familiar varón esté disponible para acompañarlas; otras evitan salir de casa a menos que sea absolutamente necesario. Las decisiones con frecuencia se mantienen en privado, pero en conjunto representan un cambio total de su vida pública.

De ahí la importancia de los arrestos en Herat; no se pueden analizar únicamente por la cantidad de mujeres detenidas. Las mayores consecuencias son los cambios invisibles que producen. Cada detención del que se informa manda un mensaje a miles de otras mujeres de que las actividades cotidianas tienen consecuencias impredecibles.

El miedo como herramienta de control

Así es como el miedo se convierte en una poderosa herramienta de control. La represión no requiere de arrestos constantes en la calle. Ocurre cuando las personas se limitan si creen que hay un posible castigo. Cuando el miedo modifica el comportamiento, el control se extiende a todos los momentos del día a día

Las mujeres más afectadas con frecuencia son quienes nunca aparecen en noticias o documentos de derechos humanos. Esta realidad oculta es en particular compleja de cuantificar. Las organizaciones de derechos humanos pueden documentar casos de arrestos arbitrarios, desapariciones forzadas o abuso físico solo cuando los sobrevivientes o las familias lo denuncian.

En un ambiente de apatridia con un vacío legal en el que la vigilancia es invasiva y las represalias son temibles, múltiples incidentes se mantienen en el anonimato de forma deliberada. Para evitar atención innecesaria, castigos colectivos y detenciones, con frecuencia las familias eligen el silencio sobre la justicia.

Como consecuencia, los registros oficiales solo reflejan una punta visible de un sistema de coerción mucho más profundo.

Por un lado, los arrestos y detenciones dan evidencia física de la represión del Estado; esto solo captura una fracción del verdadero impacto. La consecuencia invisible es la expansión de las restricciones autoimpuestas que el miedo genera.

Una incontable cantidad de mujeres silenciosamente modifican sus vidas diarias mucho antes de encontrarse con las autoridades. Dejan de sus viajar si no hay motivos, retrasan u olvidan tratamientos médicos, abandonan la educación y las aspiraciones profesionales,  se retiran de la vida social y comunitaria, y también evitan los espacios públicos por completo.

Su efectividad radica en la capacidad de sembrar incertidumbre y miedo tan profundo que muchas mujeres modifican su comportamiento sin órdenes ni coerción física. Esta forma de represión transforma decisiones comunes en mediciones de riesgo personal. Con el paso del tiempo, estos actos de autocensura se normalizan, se reduce la participación social, económica, cívica hasta sin intervención directa del Estado.

Las medidas más representativas de represión, por ende, no solo son las mujeres arrestadas, sino además la cantidad de mujeres que desaparecen de la vida pública y que no se reflejan en las estadísticas.

La ausencia de las mujeres en las calles, escuelas, clínicas y espacios comunitarios no es una muestra de obediencia. Es muestra de un ambiente de miedo tan profundamente arraigado que merma la resistencia y con frecuencia la visibilidad de forma muy peligrosa.

En este sentido, la represión del Talibán es más eficaz no cuando se llenan las prisiones, sino cuando convencen a las mujeres de que mantenerse invisibles es el mejor método de sobrevivir.

¿Cooperación falsa ignorando derechos humanos?

Desde el retorno al poder del Talibán en agosto de 2021, la comunidad internacional enfrenta una pregunta compleja: ¿cuál es la mejor forma de interactuar con un Gobierno que ejerce un control efectivo en Afganistán al mismo tiempo que viola los derechos humanos fundamentales?

La Unión Europea y otros actores internacionales mantienen una interacción limitada con el Talibán, mantienen un canal de comunicación para facilitar la ayuda humanitaria, referirse a asuntos de seguridad nacional y cooperar cada vez más en retorno de refugiados, y gestión migratoria.

Sin embargo, las críticas reclaman que estos canales se han desarrollado mientras el Talibán continúa intensificando las restricciones para mujeres y niñas, lo que crea preocupación de que la cooperación ha eclipsado el valor de los derechos humanos.

Esto ha expuesto un dilema de políticas. La acción humanitaria es esencial para millones de afganos; sin embargo, no debe contribuir a que se normalice un régimen que ha institucionalizado la discriminación por género.

A pesar de la acción internacional, los derechos de la mujer siguen deteriorándose con más restricciones en educación, trabajo y libertad de movimiento y participación pública.

Por tanto, el desafío de la comunidad internacional es no evitar la interacción con el Talibán, sino más bien priorizar que la interacción no sea a costa de derechos fundamentales. La ayuda humanitaria y el diálogo diplomático tienen que estar acompañados de una presión persistente por la responsabilidad, y asegurar que los derechos de la mujer afgana sea el eje principal de las políticas internacionales.

Escrito (English) por Fatima Yousofi
Traducido (Español) por Mauro Catalán
Ver artículo original (English)