Existe una necesidad urgente de que más personas indígenas colaboren antes de que los pocos líderes que hay se agoten
Originalmente publicado en Global Voices en Español

Deforestación en el estado de Maranhão, Brasil. La deforestación y el robo de tierras siguen siendo una amenaza constante para las comunidades indígenas, incluidas las que viven cerca de la cuenca del Amazonas. Imagen de Wikimedia Commons (CC BY 2.0).
Esta publicación es parte de la serie especial Spotlight de agosto de 2026 de Global Voices, «Derechos indígenas«. Esta serie ofrece una visión de las vidas y experiencias de los pueblos indígenas con el fin de establecer vínculos entre regiones, destacar las experiencias indígenas y contar historias de líderes, activistas, miembros de la comunidad y otras personas. Puedes apoyar esta cobertura con una donación.
Existen 476 millones de indígenas en el mundo, cerca de 6,2% de la población mundial. Aunque solo el 25% de la masa continental de la tierra queda bajo la custodia de estos habitantes originarios, desde hace mucho tiempo protegen la biodiversidad mundial, a veces con mejor resultado que cualquier esfuerzo y programa oficial del gobierno. Durante siglos, los grupos indígenas han resistido la colonización, la ocupación violenta por parte de los colonos, la opresión y la asimilación forzada. Sin embargo, a pesar de este oscuro pasado, que aún continua en el siglo XXI, los indígenas continúan peleando por sus derechos fundamentales, sus propias tierras y recursos.
Mientras leía los artículos con los que contribuyeron los autores de Global Voices en la serie Derechos indígenas de Spotlight de agosto de 2026, una de las preguntas más comunes que me llamo la atención fue: ¿quién tiene el derecho de decidir? Ya hemos superado la cuestión de si los pueblos indígenas merecen reconocimiento, tierras y representación cultural y política. La clave está en preguntarse quién ostenta el poder de conceder o negar, y quién decide sobre la identidad, las tierras, la cultura, la seguridad y los beneficios de los pueblos indígenas.
No todos los indígenas pueden reclamar sus identidades indígenas porque a veces el Estado les niega sus derechos.
El genocidio que llevó a cabo el Imperio otomano elimino cerca del 75% del pueblo asirio, y el Ejército iraquí guio otro genocidio en 1933. Aun así, ni una sola constitución de la región reconoce a los asirios como indígenas.
Les llevó 30 año a los siraya de Taiwán ser reconocidos oficialmente como indígenas, pero el pueblo ryūkyūan de Japón, solo han visto rechazos por parte del Estado. El ejército estadounidense desalojó a los ryūkyūan de sus tierras durante la Segunda Guerra Mundial. Décadas después, el Ejército estadounidense continúa acumulando okinawenses con sus bases militares y destruyendo recursos naturales con contaminación desenfrenada.
En Europa, el término «autóctono» —referido a quienes se perciben como descendientes de los habitantes originarios— se ha convertido en herramienta discursiva para promover el nacionalismo y fomentar el odio hacia los «invitados», es decir, los inmigrantes. Irónicamente, las representaciones de «héroes» nativos norteamericanos en la cultura popular europea han alimentado esta tendencia.
Mientras que ser reconocido como indígena es un primer paso muy importante para cualquier comunidad indígena, no siempre se traduce en la toma de decisiones. Cuando los lideres indígenas en Nueva Vizcaya, Filipinas, organizaron una manifestación contra la minería, fueron detenidos, acusados formalmente y se abrieron más de 30 casos penales. El caso de Brasil fue aún más aterrador, 258 indígenas fueron asesinadas en 2025 por defender los derechos de sus tierras, de acuerdo con el Consejo Indigenista Misionero. En Tailandia, las actividades mineras han contaminado el río Kok. Cientos de aldeanos, lideres indígenas, monjes, civiles y activistas de derechos ambientales llevaron a cabo una caminata de la paz para defender su identidad cultural indígena y una fuente vital de agua potable, irrigación, pesca y transporte.
Casi siempre, cuando el Estado actúa contra sus pueblos indígenas, lo hace para apropiarse de sus tierras, aguas, otros recursos naturales o productos comunitarios. La falta de reconocimiento de los pueblos indígenas también se traduce en un control estatal significativo sobre las tierras y las decisiones que se le relacionan. La nueva ley del algodón de China mecanizó la producción de este cultivo, y permitió que el Estado rastreara, inspeccionara y gestionara la cadena de suministro fuera con datos. Paralelamente, esta política obligó a más de siete millones de agricultores uigures, tibetanos y de otros pueblos indígenas a explotar sus propias tierras bajo estricta supervisión gubernamental. En el norte de Tanzania, el Estado se apropia de las tierras del pueblo indígena masái con el argumento de proteger el ambiente, para luego destinarlas al turismo, la caza y las inversiones privadas.
Todas estas historias plantean la pregunta fundamental: ¿quién toma las decisiones? Cuando las comunidades indígenas tienen el control de las decisiones, logran proteger y preservar sus tierras, recursos, lenguas y culturas. Por ejemplo, 14 miembros de la comunidad kam en Nigeria —tras recibir formación de un lingüista— realizaron 307 grabaciones audiovisuales en lengua kam (que tiene entre 8000 y 11,000 hablantes), lo que contribuyó a contrarrestar la amenaza de desaparición de su idioma. En India, el educador indígena Kshetrabasi Juanga recorre diversas aldeas para documentar la lengua juang, en peligro de extinción. Muy lejos, en Rusia, la diseñadora de moda buriata Oksana Alkhunsaeva ha creado una actividad profesional que le da empleo y sustento a toda su familia, y que también mantiene vivo el patrimonio textil buriato.
La cuestión de quién toma las decisiones también condiciona el impacto de la modernización en las comunidades indígenas. Ante la amenaza que se cierne sobre la lengua rana tharu de Nepal porque se prioriza el inglés y el nepalí, las mujeres suelen convertirse en la última línea de defensa para evitar la pérdida de las lenguas locales. En el caso del dambe —arte marcial de la etnia hausa de Nigeria—, las nuevas medidas de seguridad, las normativas y la modernización derivada de la organización de torneos se perciben como un avance positivo; sin embargo, los concursos en YouTube que atraen a participantes y espectadores ajenos a la comunidad están borrando el patrimonio cultural hausa, históricamente vinculado a esta práctica.
Existen argumentos sólidos a favor de la protección de los conocimientos indígenas —e incluso del apoyo estatal— cuando el valor económico que generan llega a la comunidad. El sector de la medicina tradicional de Ghana atiende a entre el 60 y 70% de la población, pues el mercado de la medicina occidental, impulsado por el afán de lucro, no logra ofrecer medicamentos a precios asequibles. El mercado de la yuca, el mijo y el sorgo se está expandiendo por toda África, ya que estos cultivos indígenas —económicos y sin gluten— representan una alternativa superior al trigo importado, lo que abre la posibilidad de liderar el mercado internacional. Los conocimientos y datos indígenas constituyen un elemento fundamental de las políticas sobre inteligencia artificial. Como bien señala la activista ambiental chadiana Hindou Oumarou Ibrahim: «Los pueblos indígenas deben ser reconocidos como titulares de derechos y agentes decisorios, especialmente cuando las nuevas tecnologías tienen repercusiones en sus tierras o en su patrimonio intelectual».
El control estatal sobre los cuerpos indígenas va de la mano de la vigilancia estatal. En Australia, los niños indígenas tienen 23 veces más probabilidades de estar bajo supervisión y 28 veces más probabilidades de ser detenidos.
Lo que realmente me llama la atención es el argumento de Genner Llanes-Ortiz, investigador maya mexicano: la mayoría de las estructuras estatales modernas han fracasado rotundamente al comprender a las comunidades indígenas. Estas sociedades habitaban antes las tierras que hoy sirven de hogar a los descendientes de los colonos y a quienes llegaron por otras vías.
Un aspecto humano importante que a veces olvidamos al abordar estas cuestiones es que la responsabilidad de proteger y preservar las culturas indígenas recae en personas como Kshetrabasi Juang u Oksana Alkhunsaeva. Existe una necesidad urgente de recursos y de que más personas indígenas colaboren, antes de que los pocos líderes individuales sufran agotamiento.





