Las tecnologías emergentes se han convertido en un elemento central de los sistemas de coacción y control
Originalmente publicado en Global Voices en Español

Vista aérea de la destrucción en Rafah, la franja de Gaza, el 21 de enero de 2025. Foto de Ashraf Amra en Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0 IGO).
Por Jalal Abukhater
Este articulo es parte de la serie Spotlight de Global Voices de octubre de 2026 “Gigantes tecnológicos y autoritarismo”. Esta serie explora cómo las empresas gigantes de tecnología facilitan y obstaculizan a Gobiernos y prácticas autoritarias, y cómo estas decisiones influyen en los países en desarrollo. Puedes apoyar esta cobertura con una donación.
Para los palestinos, la relación entre tecnología y autoritarismo no es una fantasía de ciencia ficción, es una realidad material. Durante mucho tiempo, el régimen colonial de ocupación israelí ha combinado el uso de la fuerza militar con mecanismos legales, económicos y tecnológicos para tomar control de la vida en Palestina.
La vigilancia, la recopilación masiva de datos, el reconocimiento facial, los apagones de las telecomunicaciones, la censura digital y los sistemas de algoritmos se entretejen en esta estructura de control. La guerra genocida contra Gaza dejó al descubierto sus consecuencias con una claridad devastadora: las tecnologías diseñadas para recopilar, procesar y clasificar información han sido incorporadas a sistemas que vigilan, eligen como objetivos y matan a palestinos.
Pero Palestina también representa una advertencia sobre lo que vendrá. Las tecnologías desarrolladas, probadas y perfeccionadas en condiciones de ocupación no se quedan allí. Se convierten en productos, conocimiento especializado y modelos de negocio que circulan a escala mundial. Lo que surge es una economía política en la que las instituciones militares y de inteligencia, las empresas tecnológicas, los inversionistas y los Gobiernos convergen en torno a la extracción y el procesamiento de datos como medios para ejercer el poder.
Este es uno de los argumentos principales de Digital Domination, publicación de la beca Maryam Abu Daqqa del Centro árabe para el avance de las redes sociales, que reúne cinco estudios sobre inteligencia artificial, vigilancia, extracción de datos y poder corporativo en Palestina y más allá de sus fronteras. La beca lleva el nombre de Maryam Abu Daqqa, periodista palestina asesinada por Israel en Gaza en agosto de 2025 mientras documentaba la vida bajo el asedio. A través del análisis de diferentes casos, las investigaciones señalan una misma transformación y muestran cómo las tecnologías emergentes se han vuelto fundamentales para los sistemas de control y coerción. Se convierten en su infraestructura.
Vínculos cercanos
La industria de la vigilancia en Israel lo demuestra claramente: opera a través de vínculos estrechos entre instituciones militares y de inteligencia, empresas privadas, capital de riesgo y mercados internacionales. Las herramientas probadas en palestinos se perfeccionan, se reformulan como productos comerciales y se exportan al resto del mundo como soluciones de seguridad. Esto no es consecuencia fortuita del auge del sector tecnológico. Es un sistema político y económico en el que las tecnologías de seguridad adquieren valor precisamente por su capacidad para vigilar, clasificar y controlas a las poblaciones.
La violencia que estos sistemas habilitan es cada vez más literal. Las investigaciones sobre los sistemas de selección de objetivos asistidos por inteligencia artificial de Israel, como Lavender, The Gospel y Where’s Daddy, han documentado cómo los sistemas de aprendizaje automático y los datos obtenidos mediante vigilancia masiva se han integrado en los procesos de identificación y selección de objetivos en Gaza.
Una nueva película, NAZA, producida por The Guardian y basada en testimonios de 24 informantes que trabajaron en los servicios militares y de inteligencia israelíes, detalla los sistemas secretos utilizados para seleccionar personas como objetivo de bombardeos en sus hogares por las noches, sabiendo que sus familiares también morirán. En una conferencia militar que tuvo lugar en Londres a fines de junio, un directivo del fabricante israelí de armamento Elbit Systems presentó una diapositiva en la que le atribuía a su sistema digital de comando la identificación de 850,000 “objetivos de inteligencia en tiempo real” en Gaza y Líbano entre octubre de 2023 y fines de 2025. Desde entonces, la empresa ha intentado reformular esa cifra, la ha presentado como una medida de la actividad acumulada del sistema, una interpretación que resulta difícil de conciliar con el contenido de la propia diapositiva.
La cuestión fundamental no es que un algoritmo haya reemplazado la violencia humana, sino que estos sistemas aumentan el alcance y la velocidad con que se organiza la violencia, así como la distancia burocrática desde la que se ejerce, al tiempo que revisten las decisiones de vida o muerte bajo de fachada de objetividad técnica. En junio, Amnistía Internacional y más de cien organizaciones y otras entidades firmantes advirtieron que los sistemas como Lavender, Gospel y Where’s Daddy diluyen la responsabilidad humana y ocultan delitos internacionales tras una imagen de objetividad algorítmica.
Eliminación digital
Esta misma estructura se extiende más allá de las armas. En 7amleh, hemos documentado cómo las plataformas restringen la difusión de expresiones palestinas, cómo actores vinculados a los Estados utilizan plataformas comerciales para moldear los entornos informativos, y cómo Meta obtiene ganancias por el contenido y cuentas vinculadas a la expansión de asentamientos ilegales y a la retórica violenta contra los palestinos.
Dos estudios de Digital Domination abordan este tema desde perspectivas diferentes. Una examina cómo el Gobierno israelí usa la publicidad de Google para hacer llegar sus narrativas elegidas a las personas que buscan información. La otra examina la vigilancia algorítmica de voz y muestra cómo el habla de los palestinos se almacena como dato para los sistemas de control.
Aquí es donde la eliminación digital se vuelve inseparable de la violencia física. Con la destrucción de Gaza, también peligran las pruebas y la memoria que permiten a los palestinos saber qué se hizo en su contra. Las plataformas han eliminado o restringido la difusión de registros documentales de la violencia israelí, mientras que los archivos físicos, los registros culturales, los cementerios y las pruebas sepultadas bajo los escombros de Gaza han sido destruidos o se encuentran bajo riesgo.
La agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina, UNRWA, realizó una operación clandestina durante 10 meses para sacar de contrabando millones de documentos de Gaza y el este de Jerusalén, ante el temor de que los originales, e incluso sus copias digitales, fueran incautados o destruidos. En septiembre de 2026, Francesca Albanesa, relatora especial de Naciones Unidas sobre los territorios palestinos ocupados, advirtió que la limpieza de escombros de Gaza que hace Israel podría destruir pruebas de crímenes atroces y afirmó que es inaceptable que la reconstrucción de Gaza se condicione a la eliminación de su pasado y la evidencia necesaria para asegurar justicia por sus víctimas.
Por lo tanto, el problema va más allá de que una publicación siga o no en línea. Lo que está en juego es quién conserva el poder de documentar la realidad, de preservar la historia y de brindar la evidencia luego de que la violencia haya cesado. Hemos denominado a este proceso como plataformicidio: la destrucción y negación de los espacios digitales mediante los cuales los palestinos se comunican, organizan, documentan y preservan la memoria colectiva.
Poder epistémico
Ahora, el mismo problema comienza a infiltrarse en los sistemas que usan los ciudadanos para acceder al conocimiento.
Los modelos de lenguaje a gran escala y los agentes de inteligencia artificial (IA) se están transformando en intermediarios entre las personas y la información, pero son sumamente vulnerables a la manipulación. Los investigadores de seguridad de Microsoft han documentado un fenómeno llamado “envenenamiento de las recomendaciones de IA”, mediante el cual las empresas añaden instrucciones ocultas que introducen sesgos que persisten en la memoria de los asistentes de IA.
Investigadores de Salesforce descubrieron que los agentes de búsqueda a los que se les ingresa contenido falso que aparenta ser verdadero tienden a reproducirlo como real. Cerca del 80% de las consultas devolvieron la respuesta preferida del atacante, mientras que en condiciones más realistas, en la que los documentos manipulados estaban ocultos entre más de 100,000 documentos limpios, esto ocurrió en uno de cada cuatro casos.
En el caso de Palestina, esto no es una hipótesis. El sitio de noticias Drop Site informó que Israel adjudicó un contrato de 46.5 millones de dólares a la empresa Clock Tower X, de Brad Parscale, para crear redes de sitio web y publicaciones en blogs destinadas a influir en las respuestas que los chatbots ofrecen sobre Gaza a los usuarios. Se trata de contenido elaborado para máquinas y no para lectores. Después, periodistas han puesto a prueba a los principales chatbots para ver qué tan lejos ha llegado esta campaña.
Una sociedad que ya se encuentra sometida a la censura, la propaganda, la extracción de datos y la destrucción de pruebas ahora se adentra a un entorno informativo en el que necesita cada vez más una IA para verificar qué es verdad, qué ocurrió y qué es importante. En este entorno, quienes son responsables de la violencia son también quienes pagan para influir en esas respuestas.
Pero el peligro no solo recae en difundir información imprecisa. También está en la concentración del poder epistémico en sistemas cuyos datos de entrenamiento, mecanismos de recuperación de información y procesos de tomas de decisiones siguen siendo poco transparentes, en gran medida. La manipulación de la información puede pasar de la censura de una publicación palestina a la influencia sobre lo que un sistema de IA recupera, recuerda o presenta como conocimiento.
Una advertencia a tener en cuenta
Mientras tanto, las tecnologías y empresas que hacen posibles estos sistemas están adquiriendo cada vez más presencia en la vida pública de otros lugares. En Reino Unido, el contrato de 330 millones de libras que Palantir formó con el Servicio Nacional de Salud (NHS) llevó a una comisión parlamentaria a calificar el creciente papel de la empresa en el sector público como “un punto de debilidad inaceptable”, y ahora el Gobierno está revisando el contrato debido a la presión para recurrir a una cláusula de rescisión en 2027. En Estados Unidos, Amnistía Internacional documentó cómo se utilizan las tecnologías de Palantir y Babel Street para vigilar y perseguir a migrantes y a quienes se manifiestan para defender los derechos de los palestinos.
Estos acontecimientos deben entenderse como parte de una transformación más amplia en la forma en que se organiza el poder. Palestina es la muestra de lo que ocurre cuando los datos, la infraestructura de vigilancia, la inteligencia artificial y el poder corporativo se integran en sistemas de dominación. También demuestra con qué rapidez las tecnologías desarrolladas en un contexto se trasladan a otros, despojadas de las condiciones políticas en las que fueron creadas y presentadas nuevamente bajo el rótulo de innovación, eficiencia, seguridad o transformación digital.
El autoritarismo típico de la era digital no necesita que cada Estado construya su propio aparato de vigilancia: puede comprarlo. Tampoco exige que los gobiernos controlen todas las fuentes de información: pueden tercerizar la infraestructura a través de la cual se filtra, se jerarquiza y se distribuye. No necesita que la violencia desaparezca del ámbito público: puede hacer que escale más rápido, de manera automatizada y puede hacer que sea más difícil buscar un responsable.
Los palestinos ya viven con las consecuencias. El resto del mundo debería prestar atención a esta advertencia antes de que estos sistemas se integren tan profundamente en sus instituciones que ya no sea posible impugnarlos.






