Cuando se incluye a las comunidades, cuando las soluciones se debaten, se comprenden y resultan pertinentes a nivel local, surgen la colaboración y la participación.

Publicidad

Originalmente publicado en Global Voices en Español

Maps of Oceania and the Caribbean over the image of a young person looking at a storm brewing on the horizon.

Mapas de Oceanía y el Caribe superpuestos sobre la imagen de un joven que observa una tormenta que se avecina en el horizonte. Imagen principal creada por Janine Mendes-Franco con elementos de Canva Pro.

Por Adele Roeder, Orit Novak, Chelsea Adams and Zahiris P. Francisco

Este artículo se publicó originalmente en Future Forward Australia el 10 de mayo de 2026. Global Voices reproduce una versión editada con autorización.

Los jóvenes están acostumbrados a ver los daños que el cambio climático deja. Solo en Australia, los catastróficos incendios forestales del Verano Negro entre 2019 y 2020, las inundaciones sin precedentes en el norte del país en 2026 y, más recientemente, el ciclón tropical severo Narelle,  que afectó gravemente a tres estados, han dejado sus marcas.

Publicidad

La sequía prolongada y la creciente población de personas sin hogar, de los cuales más del 23% son menores de 25 años, están debilitando severamente el sustento de los agricultores en Australia. Los pueblos indígenas australianos, que han actuado como representantes del ambiente durante milenios, ven cómo su conocimiento, su liderazgo y su profunda conexión cultural con la tierra se ven afectados por prácticas de las industrias extractivas, que profanan sitios ceremoniales sagrados.

Los titulares de las noticias suelen sobreponerse, lo que destaca estos problemas, mientras politiza un futuro sostenible a través de la dependencia de Australia del carbón, el mineral de hierro y el gas natural. Aunque la Gran Barrera de Coral se blanqueara y los estudiantes australianos faltaran a la escuela para hacer huelga por el clima, los partidos políticos cuyas prioridades se ven influenciados por grupos de presión vinculados a los magnates de la minería están suprimiendo la agenda climática.

Sin embargo, en comparación, los jóvenes que viven en las ciudades más grandes de Australia tienen el privilegio de estar protegidos de los peores efectos del cambio climático. Por el contrario, en Oceania y el Caribe, los pequeños Estados insulares en desarrollo (PEID) ya viven la crisis climática como algo de todos los días, a pesar de contribuir con menos del 1% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.

Cómo se vive la crisis climática en los PEID

Aunque las estadísticas nos ayudan a entender el alcance de la crisis climática en los PEID, por lo general no logran reflejar cómo se vive esta realidad. John Whippy, líder comunitario y activista por el clima que vive en Suva, Fiyi, pinta una imagen diferente; una que va más allá de las proyecciones y se adentra a la vida cotidiana. En las comunidades costeras y de zonas bajas, el cambio climático representa una amenaza inmediata. A menudo, los niveles elevados del mar llevan el agua dentro de los hogares lo que obliga a las familias a adaptar constantemente sus condiciones de vida. «Cuando el agua ingresa —explica— hay que moverlo todo; ponerlo más alto, intentar protegerlo todo lo que puedan».

Para muchos, mudarse no es una opción viable. En cambio, las comunidades se adaptan al sitio. Las casas se reconstruyen sobre cimientos más altos, con estructuras de maderas levantadas, en un intento de mantenerse por encima del nivel del agua que avanza. Estas respuestas son prácticas y necesarias, pero también son temporales, condicionadas por los recursos limitados y no por la seguridad a largo plazo.

Igual de evidente es que el desafío es ambiental y social. A pesar de la presencia de algo de apoyo externo —de los Gobiernos, las organizaciones internacionales o las intervenciones locales limitadas—, muchas comunidades dudan sobre solicitar ayuda. Los sentimientos de vergüenza, la exposición o el miedo a convertirse en objeto de atención externa pueden ser barreras para acceder a la ayuda. Como resultado, las comunidades suelen depender de sus propios medios para salir adelante.

«La acción incompleta»

Cuando las intervenciones externas sí se llevan a cabo, estas no siempre se sostienen. Los ejemplos incluyen proyectos de desarrollo que comienzan con intención, pero que nunca se completan, como infraestructuras que se dejan sin terminar, rutas parcialmente construidas y sistemas de drenajes que se comenzaron y se abandonaron. En esos casos, el problema no es simplemente la ayuda ineficaz, sino también las consecuencias que derivan de la acción incompleta. «Si no se termina, el agua sigue llegando», añade Whippy. «El problema continúa».

Estas deficiencias ponen de manifiesto un problema más amplio en los intentos de respuesta al clima: no hay continuidad y no se asumen responsabilidades. Cuando los proyectos empiezan, pero no se terminan, la responsabilidad se suele dejar a la comunidad, que no tiene los recursos para terminar lo que se empezó, lo que aumenta las preguntas importantes sobre cómo se están diseñando, implementando y evaluando las soluciones climáticas.

Desde el punto de vista de quienes viven estos impactos, existe la necesidad de una vigilancia mayor —no solo en cuanto a financiación, sino una que garantice que las iniciativas se realicen por completo y sean realmente beneficiosas— ya que de parte de la comunidad hay una muy buena disposición para involucrarse. «Si las personas vienen y hablan primero con la comunidad, todos ayudarán», comenta Whippy. Cuando se incluye a las comunidades en el proceso de toma de decisiones, cuando las soluciones se debaten, se comprenden y resultan pertinentes a nivel local, surgen la colaboración y la participación.

Zahiris Priscila Francisco Martínez, activista por el clima y periodista que vive en Santo Domingo, observa que una situación similar se está desarrollando en el Caribe. «Es desgarrador ver cómo cada temporada de huracanes se vuelve más severa», se lamenta. «La falta de políticas climáticas firmes y consistentes habla de cómo cada año, las familias pierden un ser querido, sus hogares y todo sus sustentos por desastres climáticos. Cuando las lluvias fuertes golpean, los niños no pueden ir a la escuela, los adultos no pueden ir al trabajo y el Gobierno suele verse obligado a declarar estado de emergencia nacional».

República Dominicana, al igual que otros PEID, sigue siendo altamente vulnerable a los climas extremos. Las altas temperaturas y el calentamiento de las aguas del océano están intensificando las tormentas en el Atlántico, lo que hace que lluvias y huracanes sean más fuertes cuando llegan al archipiélago caribeño. Análisis científicos recientes han demostrado que el cambio climático está haciendo que los huracanes de la región sean más destructivos, con vientos más fuertes, lluvias más fuertes que se intensifican más rápida.

Para las comunidades costeras y de bajos recursos de República Dominicana, estos impactos son especialmente devastadores. La inundación afecta constantemente a las familias que viven cerca de los ríos, en asentamientos informales y zonas costeras vulnerables, muchas no tienen recursos para mudarse o reconstruir de manera segura. Estudios acerca de los PEID caribeños advierten que el aumento del nivel del mar, los ciclones tropicales muy fuertes y los patrones de precipitaciones cada vez más irregulares están ejerciendo una enorme presión en las ya frágiles infraestructuras, sistemas alimentarios y redes de salud pública.

«Cuando el agua llega, las personas pueden perder absolutamente todo de la noche a la mañana»

«Sigue habiendo mucho más por hacer», añade Francisco Martínez. «Necesitamos políticas de prevención más firmes, infraestructuras resistentes y más refugios para las familias que viven en zonas de alto riesgo. Solo aquí en Fiyi, cuando el agua llega, las personas pueden perder absolutamente todo de la noche a la mañana».

Francisco Martínez señala el creciente número de tragedias vinculadas a las inundaciones y al colapso de las infraestructuras en la región, donde los niños y las familias vulnerables, con frecuencia, son los más afectados. “Para muchos, incluso quedarse dentro de casa en climas extremos se vuelve peligroso. Se siente como estar atrapado entre dos elecciones imposibles”.

En todo el Caribe en general, estos problemas continúan intensificándose. Según UNICEF, el número de personas internamente desplazadas por las tormentas y las inundaciones en los PEID del Caribe han aumentado seis veces en los últimos años, y entre la población más afectada se encuentran los niños y los jóvenes. Mientras tanto, los investigadores confirman que más del 65% de los habitantes de PEID caribeños vive en zonas costeras poco elevadas, lo que expone cada vez más a comunidades enteras al aumento del nivel del mar, las marejadas ciclónicas, los brotes de enfermedades, la inseguridad alimentaria y el desplazamiento forzado.

Más allá de la destrucción física, el cambio climático también está generando una creciente carga emocional en los jóvenes caribeños, que viven cada vez con más ansiedad, miedo e inseguridad por el clima, además de un duelo ecológico al ser testigos de desastres constantes que afectan a sus comunidades y a las futuras. Para muchos jóvenes activistas, periodistas y líderes comunitarios caribeños, la defensa por el clima se ha convertido así no solo en una problemática ambiental, sino en una lucha por la sobrevivencia, la dignidad y la justicia.

Las dos caras del «volunturismo»

Responder a problemas de esta magnitud requiere más que intervenciones a corto plazo o una inclusión simbólica. La proliferación del «volunturismo» es el ejemplo de la desconexión con la percepción de la crisis climática en la que voluntarios inexpertos de países de alto poder adquisitivo aparentemente pueden «arreglar» los problemas climáticos en los países en desarrollo sin consultar con la comunidad y promover intrínsicamente nociones neocoloniales.

El volunturismo supone combinar viaje con trabajo voluntario que, si bien es beneficioso en determinados contextos, a menudo sustituye cambios duraderos, según el lugar y el conocimiento de la comunidad por una contribución a corto plazo que trae bienestar. Es más, la mayoría de los programas solo implican estadías cortas de hasta tres semanas; no es el tiempo suficiente para compensar las emisiones asociadas con el viaje de los participantes.

Se estima que diez millones de personas que por año participan del volunturismo, por lo que está claro que la gente quiere ayudar a comunidades además a la propia. Sin embargo, muchas organizaciones de turismo de voluntariado continúan aumentando la brecha climática al obstaculizar el desarrollo sostenible de las comunidades en las que trabajan, ya sea porque desplazan la mano de obra local, excluyen la participación comunitaria o son culturalmente insensibles, por no mencionar que exponen a las comunidades a problemas adicionales, como los riesgos para la seguridad de los niños y la sobrecarga de la infraestructura.

Soluciones duraderas

Esta situación enfatiza más la importancia de priorizar soluciones informadas y dirigidas por lugareños, y de escuchar en lugar de asumir qué tipo de ayuda realmente necesitan las naciones vulnerables de los países de mayores ingresos.

Redes colaborativas de jóvenes como la Alianza Climática de Oceanía y el Caribe (OCCA, en inglés) dan una solución más precisa y duradera. Estos grupos dan el ejemplo de cómo los jóvenes de distintas regiones con experiencias de vida diferentes con respecto a la crisis climática pueden informar sobre política a través de las perspectivas locales y presionar a favor de la acción climática equitativa.

Como resultado de la colaboración entre los centros de Global Shapers de Brisbane y Castries, OCCA organizará su Conferencia Juvenil sobre el Clima en Santa Lucía en diciembre de 2027, tras reprogramar la conferencia, prevista para 2026. La conferencia financiará a los jóvenes líderes de todos los países de Oceanía y el Caribe en un taller de dos días y medio sobre cómo ampliar el alcance de los proyectos climáticos, del ámbito local al interregional. Esta culminará con la Declaración Juvenil sobre el Clima dirigida a los responsables de ambas regiones.

En julio, la OCCA también organizó un Diálogo sobre los Océanos Norte y Sur en La Haya, que conectó a jóvenes líderes que venían del Pacífico y del Caribe. Estos líderes juveniles están dirigiendo la acción localizada con una perspectiva global, e impulsando a sus pares de otras regiones a llevar a cabo el cambio mediante el intercambio de recursos y conocimientos, y la creación de comunidades.

El Caribe y Oceanía están en el frente del cambio climático, pero también es donde viven jóvenes que ya están se moldeando soluciones con claridad y valentía. Para ellos, el deber no es intervenir de manera breve y abandonar sin dejar cambios, sino involucrarse con el cuidado, la humanidad y el compromiso a largo plazo.

Si el objetivo es un futuro con un clima más justo, entonces cómo nos presentamos importa tanto como lo que hacemos: el impacto significa respaldar el liderazgo local, no eclipsarlo.