Siguiendo una tendencia nacional, Brasilia concentra los espacios verdes en las zonas más prósperas

Publicidad

Originalmente publicado en Global Voices en Español

Nasaré Francisca da Silva waters crops at Floresta da Nasaré, in Ceilândia, her agroforestry project that emerged from a rubbish tip (Image: Fabio Pozzebom / Dialogue Earth)

Nasaré Francisca da Silva riega cultivos en Floresta da Nasaré, en Ceilândia, Brasil, donde surgió su proyecto de agrosilvicultura de un basurero. Foto de Fabio Pozzebom/Dialogue Earth, usada con autorización.

Este artículo de Lobato Felizola se publicó originalmente en el sitio web de Dialogue Earth el 14 de julio de 2026. Global Voices lo reproduce con ediciones en virtud de un acuerdo editorial. También es parte del trabajo de Dialogue Earth en el proyecto Community Adaptations to City Heat (CATCH) en asociación con la Universidad de Boston.

Brasilia fue nombrada ciudad ecológica. Plantar árboles fue tan importante al planificar la capital brasileña que la describieron como ciudad parque. Esto es evidente en su zona central, con avenidas con árboles frescos y alineados donde a los vecinos les encanta caminar. La ciudad se construyó en apenas 41 mesas, y reemplazó el bioma tipo sabana del Cerrado con una resplandeciente nueva capital.

A 30 kilómetros (19 millas) del Plan Piloto, en la favela Sol Nascente, zona central diseñada como un avión, el ecosistema se reemplazó con concreto. El Plan Piloto señala en promedio 138 metros cuadrados (1485 pies cuadrados) de espacio verde por habitante, pero un estudio de la Universidad Brasilia de espacios urbanos verdes reveló que en algunas zonas de la periferia de Brasilia esa cifra puede ser 23 veces menor. Estas zonas circundantes se caracterizan por “vegetación limitada y mayores distancias a áreas verdes”, dice el estudio.

Publicidad

Sol Nascente consiste de calles asfaltadas, con casas apiladas una encima de otra y estrechas aceras que apenas pueden acomodar a los peatones, menos árboles. El calor es un enorme problema. “Hay veces en que toda la calle está al sol, y el aire no circula”, dice el vecino Francisco Silva.

Los impactos en la salud pueden ser severos. “Todo se seca, me sangra la nariz”, dice Silva, de 34 años, que sufre de rinitis y bronquitis interrumpe su sueño. “Si cierro la ventana, no puedo respirar; si la abro, entran el viento seco y el polvo”.

En la temporada seca, lava el patio todos los días, pone toallas húmedas en toda la casa y usa mascarilla. Para combatir el calor, Silva está renovando su casa para dejar espacio a césped y retoños. En la acera ha plantado el único árbol de la calle, un solitario lapacho, especie común en Latinoamérica.

Valdir Steinke, autor del estudio de la Universidad de Brasilia, dice que el Distrito Federal de Brasil (donde está Brasilia) refleja un patrón nacional de “espacios verdes concentrados en las zonas más acomodadas, mientras en las afueras casi no hay nada”. Ciertamente, el ingreso promedio por vivienda en Plan Piloto es 12 veces mayor que en Sol Nascente. “Es un retrato duro y crudo de un patrón de segregación socioeconómica en el que la planificación urbana es la periferia ignora la naturaleza”, dice Steinke.

Estos problemas se ven exacerbados a medida que el cambio climático aumenta las temperaturas, lo que incrementa la mortalidad y la morbilidad. En respuesta, el Gobierno local está planificando un programa de plantar árboles, y los vecinos recurren a “jardinería de guerrilla” donde la planificación urbana ha fallado.

La desigualdad verde es un problema global

Sol Nascente surgió en la década de 1990 en tierras rurales ocupadas ilegalmente. Ahora, más de 70,000 personas viven en un territorio de nueve kilómetros cuadrados (3.4 millas cuadradas). Esta densidad de población es casi 16 veces mayor que el promedio del Distrito Federal. Con asfalto, escasa vegetación y concentración de población, la favela da la condiciones ideales para la llamada isla de calor urbana.photo-slider visualization

“El concreto absorbe y retiene el calor del sol más eficientemente que la vegetación, mientras los árboles refrescan más con su sombra y humedad», explica Gregory Wellenius, director del Centro para Clima y Salud de la Universidad de Boston en Estados Unidos.

Lo ocurrido en Sol Nascente sigue un patrón global. Un reciente análisis de 199 ciudades alrededor del mundo concluyó que la desigualdad en el acceso a espacios verdes está muy difundida, y el nivel de desigualdades en las ciudades de los países en desarrollo es el doble que los países desarrollados.

“Los mapas de calor extremo se parecen mucho a los mapas de barrios de bajos ingresos», dice Jeremy Hoffman, investigador de Groundwork USA, red de organizaciones estadounidenses que trabajan por la justica climática. “Los centros de calor tienden a sobreponerse a zonas caracterizadas por pobreza más alta, logro educativo más bajo, tasas más altas de enfermedades crónicas y menos acceso a áreas verdes”.

3-30-300

Cecil Konijnendijk, experto en bosques urbanos y catedrático honorario de la Universidad de Columbia Británica en Canadá, propuso la regla “3-30-300” para abordar la desigualdad verde en las ciudades. La regla estipula que cada persona debe poder ver al menos tres árboles desde su ventana, vivir en un barrio con al menos 30% de cobertura de árboles, y estar a no más de 300 metros (984 pies) de un parque o espacio verde para garantizar un acceso visual y físico a las naturaleza y sus beneficios.

Planificadores urbanos de todo el mundo han adoptado la regla. Ya guía las políticas para plantar árboles en Bélgica, Suecia, Países Bajos, Estados Unidos y Canadá.

En Brasil, el Plan Nacional de Arborización Urbana, presentado en la conferencia del clima COP30 de Naciones Unidas en 2025, se inspira en esta regla. Reconoce que la urbanización aleatoria de Brasil ha llevado a fragmentación del paisaje, deforestación y tierra sellada bajo concreto que, combinado con el cambio climático, impacta negativamente en la vida urbana.

Para revertir esta situación, el plan fija objetivos que deben alcanzarse hacia 2045. Uno es aumentar la proporción de habitantes con el menos tres árboles en sus entorno inmediato, lo que daría espacios verdes cerca de 40 millones de personas más.

Algunos expertos cuestionan qué tan universal es la regla de 3-30-300. Paulina Achurra, de la plataforma educativa Arq.Futuro, advierte que los programas verdes no pueden ayudar en comunidades con “apenas aceras para plantar un árbol”.

Según Achurra, que habló en una conferencia en São Paulo, “aunque faltan soluciones innovadoras que incorporen espacios verdes, deben poderse implementar en nuestras ciudades [de los países en desarrollo]”.

Calor extremo conlleva riesgo extremo

One of the country’s largest favelas, Sol Nascente is characterised by tarmacked streets with almost no trees in sight (Image: Fabio Pozzebom / Dialogue Earth)

Sol Nascente, una de las mayores favelas del país, se caracteriza por calles asfaltadas casi sin árboles a la vista. Foto de Fabio Pozzebom/Dialogue Earth, usada con autorización.

Larissa Brenda Cordeiro, que preside Instituto Hijas de la Tierra, organización de justicia socioambiental en Sol Nascente, dice que el calor de la tarde puede hacer que a la organización le sea imposible tener reuniones o trabajar en su oficina. Con su asma y fibromialgia, también siente los efectos físico: dolor muscular y articular. “No me siento bien en el frío ni durante periodos de calor extremo».

Patricia Fabian, experta en calor de la Universidad de Boston, dice que quienes viven en islas de calor urbanas están más expuestos a los efectos dañinos de las altas temperaturas: “Cuando más calor hay en el ambiente, mayor el riesgo de impacto a la salud, incluidas enfermedades cardiovasculares, problemas cognitivas y síntomas respiratorios, y hasta la muerte”.

Durante la estación seca, la temperatura en algunas partes de Brasilia central puede llegar a 37.8ºC (100ºF), mientras en Ceilândia, que se incorporó a Sol Nascente en 2019, llega a 46.6ºC (116ºF).

Proteger y crecer

Uno de los pocos espacios verdes en Sol Nascente es un remanente del parque Lagoinha, que fue deforestado gradualmente por asentamientos invasores. El burití indica abundante agua subterránea, pero la basura se acumula desordenadamente, incluidos los manantiales que alimentan al río Melchior y la cuenca de Descoberto, que provee de más del 60% del suministro de agua del Distrito Federal.

En diciembre de 2025, el Distrito Federal aprobó su plan para reducir su “déficit verde” en sus zonas circundantes. En Sol Nascente, el Gobierno dijo a Dialogue Earth que no se puede empezar a plantar hasta que no se solucionen problemas como aceras estrechas y falta de drenaje de agua de lluvia, porque los retoños no sobrevivirían. No especificó si estos trabajos se harían.

Rubbish strewn across one of Sol Nascente’s few green spaces, Lagoinha Park. These buriti palms signal abundant groundwater but the area has been steadily built upon (Image: Fabio Pozzebom / Dialogue Earth)

Basura desparramada en uno de los pocos espacios verdes de Sol Nascente, el parque Lagoinha. Foto de Fabio Pozzebom/Dialogue Earth, usada con autorización.

Ahora, el parque Lagoinha es como un gran campo con pocos árboles nativos. Activistas como Cordeiro tienen la esperanza de que algún día sea una zona maderera con mesas de picnic y canchas deportivas: “Nuestro sueño es que Lagoinha se convierta en un parque adecuado que la gente pueda disfrutar”.

Tienen un modelo a seguir para ese proyecto: en la frontera entre Sol Nascente y Ceilândia, un proyecto de conservación llamado Floresta da Nasaré salió de un basuero. En 2009, Nasaré Francisca da Silva , un ama de casa, emprendió la labor de limpiar un lote del tamaño de un cancha de fútbol de tierra pública frente a su casa. Luego, plantó semillas. “La gente botaba cosas de todo tipo acá, desde cascajo de edificios a animales muertos”, recuerda. “Lo veía desde mi puerta y me entristecía”.

De una semilla surgió el sistema agroforestal que ahora tienen los vecinos, las ONG y los investigadores de la Universidad de Brasilia. El cuidado que Da Silva le da a la tierra fue reconocido oficialmente en 2023 por el Gobierno del Distrito Federal. Aunque no recibe inversión pública, hay menos riesgo de que les expropien la tierra o de que su trabajo se vea interrumpido sin aviso.

En los días calurosos, bajo el dosel de los árboles sigue haciendo fresco. «Todos son bienvenidos a venir aquí y refrescarse del calor», dice da Silva.