Una batalla de salud pública sobre lo que llega a los estantes de supermercados en Ecuador
Originalmente publicado en Global Voices en Español

Sociedad civil, academia y Estado se reunieron en Quito para debatir el progreso a la regulación de ácidos trans en un país donde las enfermedades no contagiosas llegan al 76% de las muertes. Foto de Salomé Rosales Estrella/Minga por la Pachamama, 2026. Usada con autorización.
«¿Qué estamos comiendo? ¿Comida que regenera o productos que degeneran la vida», preguntó Eliana Estrella el 7 de septiembre de 2026 en el auditorio de la Universidad San Francisco de Quito, Ecuador. La popular comunicadora e integrante del Comité de Usuarias y Usuarios del Mercado de Alimentos habló en la reunión de Corazones Libres de Grasas Trans ante organizaciones sociales, la academia y agencias de salud.
Esa reunión fue la primera actividad de una recargada agenda de tres días. El 8 de septiembre, organizaciones cívicas y representantes de la academia se reunieron en FLACSO Ecuador para el taller “Agregar voces por la salud: Reunión de Ecuador 2026”, dedicada a identificar prioridades, capacidades y estrategias de defensoría con respecto a enfermedades no contagiosa, y el 10 de septiembre 10, el debate “Alimentos para la vida» examinó las respuestas promovidas por la sociedad civil, sus dificultades y desafíos.
La pregunta de Estrella llevó el debate a una escena cotidiana: una persona parada delante de la repisa de un supermercado. Los productos como margarina, galletas, pastas para untar, rosquillas, pasteles y algunas comidas fritas pueden contener grasas trans industriales, y dependen de aceites, grasas y procesos que se usan para prepararlos, una diferencia que no siempre es evidente al elegir.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) explica que estas grasas se producen principalmente a través de hidrogenación parcial: se agrega hidrógeno a un aceite líquido para volverlo sólido o semisólido. Esto crea aceites parcialmente hidrogenados, que se usan en algunos alimentos para modificar su textura y extender su vida en las repisas, una ventaja para fabricar y preservar, pero no para la salud.
Las grasas trans naturales también existen en la carne y productos lácteos de rumiantes. La OMS considera que ambas son dañinos, pero las iniciativas regulatorias se centran en las grasas trans industriales porque se les puede eliminar de las provisiones de comida y remplazarlas con grasas y aceites más saludables.
Beatriz Champagne, directora ejecutiva de Coalición América Saludable (CLAS), colectivo regional que reúne a más de 200 organizaciones y personas, llevó el problema más allá de las decisiones individuales: “No son enfermedades de oportunidad, son el resultado predecible de sistemas de salud, sistemas alimentarios y procesos regulatorios que aún no protegen a la población”.
La OMS estima que cada año, se puede atribuir más de 278,000 muertes al consumo de grasas trans industriales, que se asocia a un mayor riesgo de enfermedad cardiaca coronaria, infarto y muerte.
Daniel Antiporta, representante de la Organización Panamericana de la Salud en la reunión, abordó el alcance regional del problema: más de 150,000 muertes en las Américas, cuya mitad son muertes prematuras. Advirtió que el impacto no se limita a años de productividad perdida; también compromete el bienestar y el desarrollo humano.
Por su parte, Estrella se dedicó a las condiciones en torno a cada compra. Describe esos productos como “accesibles”, “baratos” y promovidos a través de grandes inversiones de marketing, e indica que desplazan a alimentos frescos y agricultura local, porque el dinero de los consumidores deja de llegar a quienes los producen.
Malek Batal, catedrático del Departamento de Nutrición de la Universidad de Montreal, sobre esas decisiones de los suministros disponibles: “Solo podemos comprar lo que existe y lo que existe a un precio que se puede pagar». Agregó que en cuanto a recomendaciones exclusivamente para personas, puede aumentar la frustración y la sensación de no poder atender la propia salud.
En posteriores entrevistas para este artículo, Champagne y Estrella explicaron que el problema trasciende la vida diaria. Champagne señala que mientras la hidrogenación hizo posible producir grasas sólidas y extender la vida en los supermercados de algunos productos, lo que facilita la preservación puede dejar consecuencias que duran mucho más. Un ataque cardiaco, por ejemplo, puede requerir atención de emergencia, meditación y cirugía; un derrame puede afectar el habla y el movimiento, y puede necesitarse atención permanente.
Las enfermedades también afectan los ingresos, la gestión del tiempo y la organización de una casa. “Nadie es una isla”, destacó Champagne. En los casos en los que contratar a una enfermera no es posible, la responsabilidad de la atención suele recaer en la pareja o en otro pariente.
Al mismo tiempo, la capacidad de reducir riesgo a menudo depende de la educación, ingresos y dónde vive la persona, lo que hace que Champagne destaque la necesidad de una respuesta colectiva: “Lo principal sería tener una política, porque toda la población de Ecuador reduciría su riesgo; todos estarían protegidos”.
Estrella llegó a su trabajo de defensoría por una experiencia personal. Hace unos 15 años, la muerte de su madre por cáncer le despertó el temor de enfermedad, y eso la hizo buscar alimentos saludables. En ese momento, no estableció una conexión entre la enfermedad y las grasas trans, pero su recorrido la acercó a los productos agroecológicos, y a quienes los cultivan y tratan la tierra. Reconoce que cambiar la dieta requiere tiempo, motivación y acceso a alternativas.
Ecuador ya tiene legislación en ese aspecto: el Acuerdo Ministerial 4439 fijó un máximo de dos gramos de grasas trans por cien gramos de grasas. El límite abarca aceites, grasas y margarinas que se venden directamente, y los ingredientes que usan las industrias alimentarias, panaderías, restaurantes y servicios de alimentos. Se exoneró a las grasas trans naturales de la carne y productos lácteos de rumiantes.
En términos numéricos, Ecuador aprobó el límite recomendado por la OMS, aunque la cobertura difiere ligeramente. La OMS propone aplicarlo a todos los alimentos, mientras el Acuerdo Ministerial no menciona expresamente todo producto procesado final, ni prohíbe producir y usar aceites parcialmente hidrogenados, otra medida que la OMS apoya.
Implementar el acuerdo es otro asunto. El Acuerdo 4439 asigna la aplicación a la autoridad de salud de Ecuador sin detallar la frecuencia de las inspecciones, protocolos de laboratorio o publicación de resultados. Las organizaciones que promueven la campaña han convertido esas brechas en una agenda concreta: extender la regulación a todos los productos procesados, prohibir los aceites parcialmente hidrogenados y establecer una supervisión efectiva. Además, siguen produciendo material informativo, construir redes con mercados agroecológicos y facilitar espacios para debates entre organizaciones cívicas y la academia.
Al describir la regulación 2013 como el primer paso de Ecuador hacia los parámetros internacionales, Antiporta señaló que en las Américas, cerca de 828 millones de personas están cubiertas por políticas de mejores prácticas. Entre los países que han avanzado mencionó a Canadá, Estados Unidos, México, Perú y Brasil.
Por tanto, el siguiente paso combina regulación con la capacidad de aplicarla. Champagne habló de aprobar legislación, elaborar reglas para implementación, y hacer inspecciones periódicas. Antiporta agregó dos condiciones: laboratorios y protocolos capaces de determinar qué grasas contiene un alimento, controles que harían posible verificar su los productos cumplen con el límite, y si se han eliminado los aceites parcialmente hidrogenados de la cadena alimenticia.
Estrella condensó la cadena técnica en una aspiración cotidiana: “mirar las repisas de los supermercados sin mirar las etiquetas”, con la confianza de que no encontrará esas grasas. La pregunta ya no es qué decide comer cada uno, sino qué protección encuentran con sus elecciones.






