El empresario tenía 21 años cuando una broma familiar alrededor de una copa de vino acabó convirtiéndose en un negocio. Hoy su rosado se vende en más de 60 países y patrocina la última gira de su padre. “Cada vez que nos llaman estamos reunidos en un bar y empiezan a pensar que eso ya no es trabajo…”, bromea en una charla con EL PAÍS

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