Las mujeres de las zonas rurales de Kazajistán trabajan entre 10 y 15 horas al día, que en su mayor parte no se contabilizan ni se remuneran
Originalmente publicado en Global Voices en Español

Ajgul Serikova del distrito de Uzunkol, en la región de Kostanai, al norte de Kazajistán, recoge toda el agua que puede antes de que los grifos se sequen. Imagen cortesía de la Oficina de Reportajes Analíticos de Asia Central (CABAR.asia). Uso legítimo.
Este artículo de Nazgul Aidabossynova de Kazajistán se escribió a través del programa de subvenciones Digital Spark como parte del proyecto Mecanismo de Apoyo Regional EECA, implementado por la Fundación Metamorphosis y TechSoup, en colaboración con CIVICUS y en el marco de la Iniciativa de Democracia Digital que abarca a los países en desarrollo. Se publica en Global Voices como parte de un acuerdo de intercambio de contenido.
En el pueblo de Qyzylsay, al sur de Kazajistán, el agua desaparece todas las tardes. No es una metáfora. Al mediodía, las tuberías literalmente se quedan secas.
Las mujeres se despiertan antes del amanecer para llenar todos los recipientes que tienen. Luego esperan a que vuelva el agua. Y mientras esperan, llevan cubetas a los huertos, alimentan al ganado, llevan a los niños a la escuela y cargan con una montaña invisible de trabajo que nadie cuenta, nadie paga y nadie ve. Diez mujeres decidieron cambiar eso.
El problema que nadie contabilizaba
Qyzylsay está en uno de los rincones más calurosos de Kazajistán. Los veranos aquí ahora rompen récords que, según los veteranos, no existían hace 20 años. Según datos oficiales de Kazajistán, las pérdidas de agua oscilan entre el 40 y el 60% en las zonas rurales. En muchas zonas rurales tampoco hay infraestructura de saneamiento adecuada, según una investigación de The Borgen Project. Por tanto, incluso cuando hay agua, no siempre es segura para beber. Para las mujeres de Qyzylsay, esto no es una estadística. Es el silencio de un grifo vacío al mediodía.
En junio de 2026, ONU Mujeres publicó su informe histórico «El progreso de las mujeres en el mundo 2026: La igualdad de género en la era de la crisis climática«. El informe dice claramente lo que las mujeres de Qyzylsay ya sabían en lo más profundo de su ser. No se puede construir una agricultura sostenible, ni ningún futuro sostenible, sin integrar la «economía del cuidado» en la planificación climática y agrícola.
Las mujeres rurales soportan la mayor carga de la escasez de energía, del trabajo físico y del cuidado del ganado. El resultado es que casi no tienen tiempo para estudiar, ganarse la vida ni organizarse.

Natalia Solntseva llena un balde para regar el jardín de su abuela en Koksai, región de Almaty. Oficina de Reportajes Analíticos de Asia Central (CABAR.asia). Uso legítimo.
Las mujeres rurales de Kazajistán trabajan entre 10 y 15 horas al día, la mayor parte de ese tiempo no se contabiliza ni se remunera. En Qyzylsay, ese trabajo implica levantarse a las 4:00 de la mañana los días de riego para estar paradas en el campo durante cinco horas para vigilar que el agua fluya por los canales de riego. Si te saltas tu turno para regar, tu huerto se muere. Cinco horas, tres veces por semana: entre 40 y 60 horas al mes, atrapadas en una de las tareas menos valoradas que se puedan imaginar.
Un teléfono para más que WhatsApp
Mi nombre es Nazgul, y de mayo a junio de 2026 dirigí cuatro capacitaciones para mujeres en Qyzylsay como parte de un proyecto llamado «La voz digital de las mujeres de Qyzylsay». La premisa era sencilla: la mayoría de las mujeres de esta comunidad ya tenían teléfonos inteligentes. Lo que les faltaba era saber que esos teléfonos podían hacer más que enviar mensajes.
Comenzamos con lo básico: recordatorios para el cuidado del ganado, diarios de la granja con fotografías y capacitación sobre la aplicación eGov, que permite solicitar documentos oficiales del Gobierno sin tener que viajar a la ciudad.
Para las mujeres que habían hecho filas durante horas en las oficinas gubernamentales solo para obtener un acta de nacimiento, esto no era una simple comodidad. Fue una revelación.
Luego pasamos al agua.
Evidencia que no se puede ignorar

Un grifo en una zona rural de Kazajistán del que sale agua turbia y marrón. Imagen cortesía de la Oficina de Informaciones Analíticas de Asia Central (CABAR.asia). Uso legítimo.
La segunda capacitación se tituló «Agua inteligente: cuando tu jardín te dice que tiene sed». Enseñamos a las participantes a fotografiar problemas relacionados con el agua —como canales secos, tuberías rotas y fuentes contaminadas— con marcas de tiempo automáticas. A estas las llamamos «Tarjetas de problemas de agua». Una foto sin metadatos es una opinión. Una foto con coordenadas GPS, una fecha y una descripción es evidencia.
Hablamos sobre los derechos al agua en Kazajistán en lenguaje sencillo, sin palabrería legal. La mayoría de las mujeres nunca había oído que el acceso al agua limpia no es un favor del Gobierno local, sino un derecho.
Una de las participantes dijo: «Siempre pensé que nos ignoraban porque podían. Ahora sé que nos ignoran porque no tenemos pruebas. Así que ahora tendremos pruebas».
El número que lo cambió todo
La tercera capacitación fue la que más impacto tuvo. Nos sentamos juntas y calculamos el costo real de un litro de leche, incluido el tiempo de la propia mujer con del salario mínimo. La sala se quedó en silencio cuando las participantes se dieron cuenta de que estaban subsidiando a sus compradores. Estaban dirigiendo organizaciones de caridad, no negocios.
También calculamos lo que podría generar la automatización inteligente del riego: 60 horas al mes. Sesenta horas que podrían usarse para ir al mercado, tomar cursos en línea, descansar o participar en la vida cívica. A 500 tenges (1.09 dólares) por hora, eso equivale a 30,000 tenges (65.17 dólares) en una temporada de cultivo, suficiente para amortizar un sistema compartido de bombas automatizadas.
Para la cuarta sesión, la conversación había cambiado. Ya no hablábamos de teléfonos individuales. Hablábamos de poder colectivo.
El resultado más importante de estos cuatro meses no fue la alfabetización digital. Fue la confianza. Las mujeres participantes, que habían trabajado juntas durante años, decidieron formar una cooperativa.
Esta tiene múltiples objetivos fundacionales: abordar colectivamente la crisis de abastecimiento de agua de la aldea mediante trabajo documentado, defensa organizada e infraestructura compartida de riego inteligente, y hacer visible el trabajo de las mujeres en lo económico y en lo cívico.
Lo que viene a continuación
El modelo en cascada de la cuarta capacitación ya está en marcha: tres participantes han comenzado a enseñar a sus vecinas lo que aprendieron durante nuestras capacitaciones.
La cooperativa va a solicitar un subsidio conjunto para instalar un sistema compartido de pozos inteligentes.
El cambio más duradero del proyecto es más difícil de medir. Cuando una mujer aprende a calcular el valor de su tiempo, levanta una fotografía y dice: «Esta es la evidencia, y deben responder», se produce un cambio permanente para ella individualmente y para la comunidad.
El agua en Qyzylsay sigue desapareciendo todas las tardes. Pero las mujeres que la acarrean han encontrado su voz.






