La resiliencia digital no se trata de enseñarles a las personas a temerle a la tecnología, sino de ayudarlos a entender el poder dentro de los espacios digitales.

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Originalmente publicado en Global Voices en Español

Image via Canva Pro.

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Este artículo de Anahit Harutyunyan de Armenia se hizo en el marco del programa de subvenciones Digital Spark, como parte del proyecto Mecanismo de Apoyo Regional para Europa del Este y Asia Central, implementado por la Fundación Metamorfosis y TechSoup, en colaboración con CIVICUS y bajo la Iniciativa para la Democracia Digital (DDI, en inglés), que abarca los países en desarrollo. Se publica en Global Voices como parte de un acuerdo de intercambio de contenido.

Durante años, mientras hacía reportajes desde diferentes regiones de Armenia, documenté la emigración, el conflicto, la violencia y la desigualdad social. Sin embargo, algunas de las historias más difíciles nunca aparecieron en los medios públicos. Estas se despliegan en silencio en conversaciones privadas, mensajes temporales, perfiles en redes sociales y pantallas de celulares bloqueadas. La violencia digital raramente deja huellas, pero cambia las relaciones, la seguridad en uno mismo, la participación y la manera en que las personas interpretan la confianza. Mientras informaba sobre la violencia digital, me di cuenta de que solo el conocimiento no era suficiente. Las comunidades necesitan herramientas prácticas. Darme cuenta de eso se convirtió en la base del Laboratorio de Resiliencia Digital de Shirak, iniciativa juvenil contra la violencia digital.

A menudo, las personas consideran a la violencia digital como piratería o ataques anónimos. Sin embargo, mientras trabajaba en artículos de investigación y análisis en Armenia, me encontraba una y otra vez con algo más complejo. Una mujer que estaba involucrada en asuntos cívicos dejó de publicar en línea porque alguien estaba dando seguimiento a su actividad. Los adolescentes describen la presión de tener que dar sus contraseñas como prueba de confianza. Los padres se preocupan por los riesgos que hay en línea, pero no tienen el vocabulario para debatir al respecto. Muchos sufren daños en el entorno digital sin siquiera reconocerlos como daños.

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Algo que noté durante mis reportajes fue que la violencia digital a menudo ingresa a la vida cotidiana disfrazada de conducta normal: el control se convierte en atención, la vigilancia en preocupación, la presión en amor.

Esto se vuelve especialmente evidente al investigar las relaciones digitales o las formas de control en línea. Las personas describen esas circunstancias en que se les solicita que den a conocer la ubicación constantemente, el acceso a las cuentas, el seguimiento de los mensajes o la presión emocional como si fueran normales en vez de cuestionarlas. Por eso considero que estas historias no comienzan con la tecnología, sino con la desigualdad en el conocimiento.

La exclusión digital no se trata solo del acceso

Shirak province in Armenia.

Provincia de Shirak, Armenia. Imagen de Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).

Muchas familias en la provincia de Shirak, al noroeste de Armenia, dependen de la migración y mantienen relación a lo largo de las fronteras con Turquía y Georgia, lo que los expone a diversos entornos informativos. A diario, los jóvenes se mueven entre realidades locales y plataformas globales. Consumen grandes cantidades de información, pero pocas veces reciben educación estructurada acerca de los derechos digitales, la desinformación, la privacidad o la manipulación en línea.

El resultado es una paradoja. Los jóvenes están conectados digitalmente, pero no siempre están protegidos de ese entorno. Y cuando las comunidades no tienen el lenguaje para discutir sobre los daños en línea, el silencio se vuelve parte del problema. El Laboratorio de Resiliencia Digital de Shirak reúne a 60 jóvenes de tres ciudades fronterizas de la provincia: Akhurik, Voskehask y Haykavan.

El proceso inicia con talleres interactivos en lo que los participantes exploran la alfabetización digital, los derechos en línea, el uso ético de la tecnología y las formas de reconocer la conducta digital dañina. Cuando se formó este proyecto, se dio prioridad a las jóvenes, pues frecuentemente son el objetivo de la violencia digital.

Cuando la violencia digital se convierte en negocio

En debates públicos, a menudo la violencia digital se reduce a comentarios ofensivos o acoso en línea. Pero mientras hacía reportajes y conversaba con expertos y personas afectadas, me encontraba una y otra vez con una nueva dimensión del problema: la violencia digital como una economía sumergida.

Puede comenzar con la confianza: una conversación privada, una foto, una videollamada, acceso a una cuenta o intercambio de información personal en lo que parece ser una relación cercana. Luego, las condiciones cambian.

Comienzan las peticiones: dinero a cambio de silencio, obediencia, comunicación continua o simplemente, control. El miedo rara vez se debe solo a la exposición. Es miedo a las consecuencias sociales.

En un entorno conservador, en especial en comunidades más pequeñas, mujeres y niñas a menudo cargan con el peso desmesurado de la vergüenza. Aún si ellas son el blanco de la manipulación y la extorsión, muchas dudan en buscar ayuda porque le temen más a la opinión pública que al perpetrador.

Varios especialistas a quienes entrevisté mientras trabajaba sobre la violencia digital describieron esto como uno de los motivos por los que los casos no suelen denunciarse: las personas no confían en que denunciar las ayudará más rápido de lo que la exposición podría lastimarlas.

Las fuerzas policiales y la legislación suelen enfrentar dificultades prácticas para identificar a los responsables, preservar la evidencia y responder lo suficientemente rápido como para evitar daños futuros. Esta demora crea el espacio para que las prácticas informales clandestinas crezcan.

La extorsión digital depende del silencio. Y el silencio crece en lugares donde las personas no conocen sus derechos, donde las comunidades ponen el estigma en las víctimas y donde la alfabetización digital se desarrolla más lentamente que los riesgos digitales. Los jóvenes son en particular vulnerables a esto. No porque utilicen más la tecnología, sino porque la confianza, la identidad y el sentido de pertenencia social se desarrollan cada vez más en línea.

La violencia digital ya no solo se trata del control. Se ha transformado en un modelo de negocio basado en el miedo, la vergüenza y el silencio. Por eso es que a la violencia digital no se la debe tratar como un problema individual o un error privado. Más bien es una cuestión social, conectada a la educación, los derechos, el conocimiento digital y el acceso a la ayuda.

Más allá del conocimiento: Forjar resiliencia digital

La resiliencia digital no se trata de enseñarles a las personas a temerle a la tecnología; se trata de ayudarlas a entender el poder dentro de los espacios digitales. Esto significa saber reconocer la manipulación y cuestionarse el control antes de normalizarlo. Entender que la participación en línea también es una habilidad cívica. Para los jóvenes en zonas rurales, especialmente en comunidades con oportunidades educativas limitadas, estas habilidades moldean cada vez más su futura participación en sociedad.

El desafío ya no se trata de si los jóvenes utilizan herramientas digitales. Eso ya ocurre. Es ver si pueden usarlas de manera crítica, segura y confidencial. Luego de años de escuchar historias sobre silencio, privación, confusión y adaptación, ya no veo a la alfabetización digital como un problema técnico.

Transformar el conocimiento en historias que los jóvenes sí verán

No es común que los jóvenes queden enganchados con explicaciones largas acerca de los derechos digitales o la seguridad en línea; lo que capta su atención es el contenido creado por personas que hablan su mismo idioma y entienden su realidad.

Por esto es que una parte importante de esta iniciativa no solo es debatir acerca de la violencia digital, sino también trasladar las conversaciones difíciles a historias visuales breves.

Se invitarán a los participantes a crear vídeos cortos que exploren las situaciones que muchos jóvenes reconocen, pero de las que rara vez hablan abiertamente: la presión de dar a conocer las contraseñas, la manipulación emocional en línea, las amenazas mediante imágenes, la desinformación, el control digital disfrazado de preocupación y el miedo a hablar públicamente.

El proceso importa tanto como el video final.

Los participantes utilizarán herramientas que ya conocen: teléfonos inteligentes, aplicaciones de edición y herramientas creativas con inteligencia artificial (IA) para producciones visuales, elaborar guiones, desarrollar ideas y verificar. Sin embargo, usar la tecnología no es el objetivo principal aquí.

A través de la mentoría, los participantes reciben ayuda para transformar sus ideas en relatos cortos, éticos y visualmente responsables. Aprenden a darle estructura a una historia, a editar para formatos cortos y a comunicar temas difíciles sin recurrir al sensacionalismo.

Hay otro efecto que también importa. Los jóvenes no solo consumen contenido, también lo difunden. Un video creado por un participante puede llegar a sus compañeros de clase, amigos, hermanos y círculos enteros de jóvenes de la misma edad. Las conversaciones que alguna vez permanecieron en privado pueden volverse públicas, y crear un espacio de reconocimiento, debate y apoyo. A veces comienza con un vídeo de 60 segundos que logra que alguien deje de deslizarse por la pantalla y piense.

La tecnología por sí sola no es el enemigo

Trabajar sobre este tema cambió mi manera de entender el periodismo. Ya no considero al reportaje como una mera forma de documentar las consecuencias. A veces, el periodismo también puede facilitar conversaciones antes de que el daño sea irreversible.

Por eso es que quería hacer más que publicar artículos y crear un espacio para que los jóvenes piensen, se cuestionen, creen y hablen con su propia voz. Quizás la resiliencia digital no comienza con políticas complicadas ni altas tecnologías.

Esto puede comenzar mucho antes, con una conversación dentro del salón de clases, una pregunta hecha sin miedo, un video corto difundido entre amigos o jóvenes para reconocer que la presión, el control y el silencio no son partes normales de estar en línea.

Si la violencia digital ha aprendido a adaptarse a cada plataforma nueva, nuestra respuesta es adaptarnos también. Y quizás el primer paso es simple: hacer visible aquello que ha permanecido oculto por tanto tiempo.