La estructura de Orbán parecía invencible, hasta que un movimiento popular logró romper la presión psicológica del miedo
Originalmente publicado en Global Voices en Español

Discurso de Péter Magyar en la convocatoria de la Asamblea Nacional en Budapest, Hungría, 9 de mayo de 2026. Fotografía de Elekes Andor en Wikimedia Commons (CC BY 4.0).
Este articulo de Tjaša Feher se publicó originalmente en serbio en Istinomer.rs el 2 de septiembre de 2026. Global Voices reproduce una versión editada en virtud de un acuerdo de intercambio de contenidos con el Centro de Investigación, Transparencia y Rendición de Cuentas (CRTA).
Mientras Serbia se prepara para lo que muchos describen como unas elecciones históricas previstas para el 18 de octubre, el reto no consiste solo en saber si se puede derrotar a un gobierno fuerte, sino si casi dos años de movilizaciones estudiantiles pueden convertirse en una victoria electoral.
La crisis política que siguió al derrumbe de la marquesina de la estación de tren de Novi Sad en noviembre de 2024 dio lugar a algo que Serbia no había visto en años: una movilización cívica sostenida, nuevas redes de confianza y la gran participación de un grupo de personas al margen de las estructuras opositoras convencionales.
Sin embargo, pasar de las calles a las urnas cambia la naturaleza del reto. Las elecciones requieren organización, alcance, datos, infraestructura local, capacidad para el día de los comicios y la habilidad de persuadir a personas que nunca han asistido a una protesta. El partido gobernante de Serbia se presentará a esas elecciones con una formidable ventaja organizativa y mediática, mientras que las preocupaciones sobre la presión institucional, la integridad electoral y el uso de los recursos del Estado siguen siendo centrales en el panorama político.
En este contexto, vale la pena mirar hacia el norte, a Hungría.
En abril de 2026, el partido Tisza de Péter Magyar logró derrotar al Fidesz de Viktor Orbán tras 16 años en el poder. Por supuesto, Hungría y Serbia son diferentes desde el punto de vista histórico, institucional y político, por lo que la experiencia húngara no debe considerarse un modelo a seguir. Sin embargo, existen paralelismos: la apropiación del Estado y un partido gobernante afianzado, un entorno mediático desigual, amplias ventajas por estar en el poder, incluido el uso de recursos estatales para campañas políticas, una oposición tradicional fragmentada y debilitada, y una nueva fuerza política que intenta convertir el descontento generalizado en una mayoría electoral.
Por lo tanto, lo que resulta especialmente interesante de Hungría no es solo que Orbán haya perdido, sino cómo un movimiento político relativamente nuevo logró construir una organización capaz de competir con una estructura política ha pasado años haciéndose muy difícil de derrotar.
En definitiva, la experiencia húngara es una historia sobre la transición de la ira a la participación, de la participación a la organización y de la organización al poder electoral.
Hacer que el cambio sea creíble
Tal vez el primer logro de Tisza fue de carácter psicológico. Los partidos de la oposición húngara llevaban años haciendo campaña contra Orbán, sacaban a la luz casos de corrupción y coordinaban a sus candidatos, pero muchos ciudadanos habían dejado de creer que realmente pudieran ganar. Tisza transformó esa percepción poco a poco.
Se convirtió en el destino político obvio para quienes deseaban un cambio. A medida que mejoraban sus resultados en las encuestas y se expandía su estructura local, se sumaron más voluntarios, más personas hacían donaciones, más votantes prestaban atención y el movimiento cobró mayor visibilidad. A su vez, ese crecimiento hizo que Tisza pareciera cada vez más preparado para gobernar. Muchos análisis después de los comicios señalan que esta interacción entre liderazgo, organización, discurso y movilización es una de las claves principales de ese avance.
Tisza no se limitó a convencer a la gente de que Orbán debía irse. Logró convencer a los suficientes de que era posible derrotarlo. Esa distinción importa en sistemas políticos en los que un mismo partido ha gobernado tanto tiempo que su permanencia en el poder comienza a sentirse inevitable.
Para Serbia, donde toda una generación ha crecido conociendo solo gobiernos dominados por Aleksandar Vučić y el Partido Progresista Serbio, ese cambio psicológico puede ser tan importante como cualquier técnica de campaña electoral.

Discurso de Péter Magyar en la convocatoria de la Asamblea Nacional en Budapest, Hungría, 9 de mayo de 2026. Fotografía de Elekes Andor en Wikimedia Commons (CC BY, 4.0).
Llegar al otro bando y convencerlo
La campaña de Tisza también comprendió que derrotar al Fidesz exigía algo más que movilizar a personas a quienes ya les desagradaba Orbán. Tisza necesitaba a exvotantes del Fidesz, a quienes no votaban y a quienes se habían alejado del Gobierno y de la oposición.
Por lo tanto, la campaña evitó definirse sobre todo a partir de la vieja división entre izquierda y derecha. Magyar utilizó símbolos nacionales y habló de Hungría, dignidad, soberanía, servicios públicos y renovación nacional. Recorrió extensamente las zonas conservadoras y las comunidades más pequeñas en lugar de centrarse solo en Budapest y otros bastiones opositores.
Su propia trayectoria le ayudó. Como alguien proveniente del entorno del Fidesz, Magyar pudo ofrecer una salida política a los votantes descontentos con el Gobierno sin pedirles que renunciaran a todo lo que habían creído antes. Es más, el mensaje era que no necesitaban convertirse en votantes opositores para concluir que el sistema había ido demasiado lejos.
Para Serbia, esta es una lección importante. Una coalición electoral capaz de derrotar a un partido gobernante dominante no puede componerse solo de estudiantes y votantes opositores. También tiene que llegar a los ciudadanos desvinculados de la política, a quienes desconfían de la oposición tradicional y a los votantes decepcionados con el Gobierno. La experiencia húngara sugiere que derrotar a un Gobierno arraigado exige penetrar en su electorado y no limitarse a maximizar la participación entre sus actuales oponentes.
De un movimiento a una organización
El segundo gran avance fue organizativo. Tisza no siguió siendo un movimiento centrado en Magyar, en grandes concentraciones y en la atención en redes sociales. Construyó una infraestructura en torno al entusiasmo que había surgido.
En el centro estaban los Tisza Szigetek, o islas Tisza: grupos organizados a nivel local repartidos por toda Hungría. Para la época de la campaña, la red abarcaba a miles de comunidades locales y a decenas de miles de participantes, muchos que nunca habían participado de forma activa en política.
Cuando el director de campaña, Péter Tóth, asumió el cargo a principios de 2025, describió una enorme energía cívica ya presente en estos grupos. Su tarea no consistía en generar entusiasmo, sino en organizarlo: identificar líderes locales capaces, reducir duplicaciones, cubrir vacíos geográficos y orientar a miles de voluntarios hacia objetivos comunes.
Tóth calculó que una operación electoral nacional eficaz requería unos tres activistas sólidos por cada distrito electoral, o alrededor de 30,000 personas en todo el país. Ese cálculo ilustra cuán concreta se volvió la organización. El propósito ya no era simplemente captar simpatizantes, sino desarrollar la capacidad local suficiente para abarcar todo el territorio nacional.
Esto resulta muy relevante para Serbia, ya que el movimiento estudiantil tiene algo que a las campañas políticas suele costarle mucho crear: personas motivadas, redes locales y cierto nivel de confianza social. El reto consiste en transformar el apoyo en responsabilidad. Una persona que simpatiza con un movimiento resulta útil en el plano político; en cambio, alguien que sabe que tiene a su cargo la organización de un barrio, un pueblo, una mesa electoral o un grupo de voluntarios tiene gran poder político.
La organización local fue clave
El planteamiento de Tisza redujo a propósito la barrera para la organización local. En lugar de empezar con agrupaciones formales del partido, pequeños grupos de ciudadanos podían organizarse a nivel local y sumarse de forma paulatina a la red general.
Esto permitió que la organización política creciera en lugares donde la oposición había sido históricamente débil. Un grupo reducido de personas activas podía organizar un encuentro o un puesto callejero, reclutar a otros, apoyar una visita de Magyar y consolidar poco a poco una presencia local permanente.
Es importante destacar que Tisza no trataba a las zonas rurales de Hungría como un territorio que perteneciera al Fidesz. La campaña invirtió con fuerza en pueblos y pequeñas localidades, y procuró construir capacidad local en lugar de trasladar permanentemente a activistas desde Budapest u otros bastiones opositores.
Ese planteamiento se vio reforzado por las extensas országjárás, giras por todo el país, de Magyar. No se trataba solo de reuniones. Los grupos locales preparaban las visitas, movilizaban a los participantes y sumaban simpatizantes a su alrededor. De este modo, una actividad nacional fortalecía a la organización local en lugar de diluirse una vez que Magyar se marchaba.
Después, Tóth explicó que gracias a las giras, los actos, las publicaciones y otras actividades locales de Magyar, Tisza llegó a cada localidad húngara en repetidas ocasiones durante 2025. Atribuyó una parte importante de los resultados del partido en las zonas rurales a esa presencia constante.
El principio fundamental era sencillo: una visita de campaña debía dejar una huella en la organización.
Contacto cara a cara como medio alternativo
Esta estrategia también ayudó a Tisza enfrentar la enorme ventaja mediática de Fidesz. En lugar de asumir que podía igualar la presencia en televisión, los recursos publicitarios y la infraestructura de comunicación del Gobierno, Tisza apostó mucho en el contacto directo.
Un voluntario que habla con un vecino, un vendedor ambulante en un pueblo pequeño, una reunión local o una persona de confianza que explica por qué cambió de opinión política se convirtieron en canales de comunicación. Los medios digitales amplificaron estas interacciones, pero no las reemplazaron.
Esta es una lección importante de Hungría. Cuando el acceso a los medios es muy desigual, la respuesta no es siempre intentar reproducir la estructura mediática del oficialismo con un presupuesto menor. Una fuerza opositora puede construir una infraestructura de comunicación paralela sobre la base de personas y relaciones de confianza.
Asignar funciones importantes a los voluntarios
La campaña también consideró a los voluntarios como un recurso organizativo, y no como simples espectadores.
A las personas se les asignó tareas concretas: atender puestos callejeros, repartir material, recorrer los vecindarios, organizar reuniones, recopilar contactos, sumar a otros voluntarios, colaborar en las visitas de Magyar, apoyar a los candidatos por distrito y, finalmente, cuidar las mesas electorales.
Esto fue importante porque la participación generaba su propio semillero de líderes. Las redes locales revelaban quiénes asistían con constancia, quiénes podían organizar a otros, quiénes tenían la confianza de su comunidad y quiénes asumían responsabilidades sin necesidad de supervisión constante. Algunas de esas personas pasaron luego a desempeñar funciones más relevantes.
Esto ofrece una lección interesante para los movimientos que desconfían de las jerarquías partidarias tradicionales. El liderazgo no tiene por qué definirse por completo desde arriba. La propia organización revela a los líderes al mostrar quién puede hacer el trabajo. Para un movimiento estudiantil receloso de reproducir las estructuras de los partidos tradicionales, esto resulta especialmente importante.
Datos y profesionalización
A medida que Tisza crecía, el entusiasmo por sí solo ya no bastaba. Después de las elecciones, Tóth fue tajante al señalar que las campañas modernas exigen, en última instancia, personas y datos.
Una gran manifestación indica a un movimiento que tiene el apoyo de mucha gente. Una organización electoral necesita saber quiénes son esas personas, dónde viven, si están dispuestas a ser voluntarias y si alguien debe volver a contactarlas. Según Tóth, se alentó a los candidatos por distrito a armar bases de datos con unos 15,000 contactos.
En consecuencia, Tisza creó equipos profesionales encargados de los datos, las actividades, las operaciones y la comunicaciones en torno a su red de bases. Esta fue una transición importante. El movimiento se profesionalizó, aunque los profesionales estaban allí para potenciar la eficacia de la red cívica, no para reemplazarla.
Esta distinción podría ser importante para Serbia. Es posible que un movimiento estudiantil necesite habilidades de campaña profesionales, conocimiento legal, sistemas de datos y logística sin tener que adoptar la cultura organizativa de los partidos tradicionales de los que ha tratado de mantenerse al margen.
La tecnología respaldó la organización en lugar de reemplazarla
Con el tiempo, Tisza desarrolló su propia plataforma digital de organización, TISZA Világ, que conectaba a simpatizantes con grupos locales, actividades y oportunidades de voluntariado. También utilizó tareas, puntos e insignias para fomentar la participación.
Sin embargo, el orden de los acontecimientos es importante. Tisza no creó un aplicativo para luego intentar formar un movimiento a su alrededor. Primero surgieron las comunidades locales y las redes de voluntarios. La infraestructura digital se introdujo una vez que la participación creció tanto que ya no se podía coordinar de manera informal.
Por lo tanto, la lección clave no pasa tanto por qué aplicativo utilizar, sino qué debe lograr la tecnología. El objetivo es facilitar que alguien que muestre interés dé el siguiente paso: unirse a una comunidad local, asistir a una actividad, hacer voluntariado y, con el tiempo, asumir responsabilidades. La tecnología funciona cuando reduce la distancia entre la simpatía en línea y la participación presencial.
Una forma diferente de comunicarse
La estrategia de comunicación de Tisza también se benefició de la energía de sus simpatizantes. A menudo, Magyar generaba una participación muy elevada a pesar de producir menos contenido que la estructura de comunicación de Fidesz. Los propios seguidores se convirtieron en difusores, lo que permitió que la campaña lograra un alcance imposible de conseguir solo a través de los medios tradicionales.
Al mismo tiempo, Tisza intentó no reproducir todos los aspectos de la cultura política que criticaba. Tóth declaró tras las elecciones que la campaña había recibido material comprometedor sobre oponentes políticos y sus familias, pero que se negó a utilizarlo a propósito. Su argumento era que el cambio político también debía significar una moral distinta en la política.
Esto cobró un sentido simbólico tras las elecciones, cuando un cartel publicitario en Budapest, conocido durante años por albergar campañas gubernamentales basadas en miedo, fue reemplazado por flores y la frase «También puede ser bonito«. La imagen captaba un malestar ante la movilización política constante basada en miedo, enemigos y odio.
Para los grupos sociales, esto es fundamental porque la credibilidad es un recurso político escaso. Un movimiento que se presenta como una ruptura con las prácticas políticas vigentes puede desaprovechar rápidamente esa ventaja si empieza a comportarse exactamente igual que los actores a los que critica.
El vínculo entre la corrupción y la vida cotidiana
Tisza también logró traducir cuestiones complejas sobre el deterioro democrático en vivencias que la gente podía reconocer.
La transformación institucional de Hungría incluyó cambios constitucionales, normas electorales, debilitamiento de los controles y contrapesos, control de los medios y creciente superposición entre el partido en el poder y el Estado. Sin embargo, esos conceptos pueden resultar abstractos para muchos votantes.
La campaña vinculó todo eso con los hospitales, las escuelas, la infraestructura, la inseguridad económica y el enriquecimiento de las élites vinculadas a la política. Así, la corrupción no se planteó solo como políticos que robaban dinero; el mensaje era que el funcionamiento del sistema explicaba por qué las cosas cotidianas ya no funcionaban como debían.
Existe un claro paralelismo potencial con Serbia. La tragedia de Novi Sad ya ha creado un vínculo poderoso entre la corrupción, la rendición de cuentas institucional y las consecuencias reales del fracaso del Estado. El reto consiste en ampliar esa conexión hacia las experiencias cotidianas de la gente sin reducir la campaña a un catálogo interminable de escándalos.

Péter Magyar en la Plaza de los Héroes, 3 de marzo de 2026, con una tradicional chaqueta «bocskai» y la escarapela nacional. Fotografía de Norbert Banhalmi de su serie «Euphoria», que documenta el acontecimiento, en Wikimedia Commons (CC BY 4.0).
No renunciar al patriotismo
Tisza también se negó a permitir que Fidesz monopolizara la identidad nacional. Magyar habló de Hungría, soberanía, dignidad y renovación nacional, y presentó como parte de lo que el país merecía unas instituciones competentes y servicios públicos eficaces.
Esto ayudó a que el cambio político fuera aceptable para los votantes que se identificaban como conservadores o patriotas. No tenían que elegir entre su identidad nacional y su descontento con el Gobierno.
Esa lección trasciende las fronteras de Hungría. No se debe permitir automáticamente que un gobierno afianzado se apropie de conceptos como el patriotismo, la estabilidad, la seguridad y la dignidad nacional. La rendición de cuentas, un gobierno competente e instituciones que funcionan pueden plantearse como expresiones de compromiso con el propio país.
Los preparativos para la jornada electoral
Por último, Tisza trató la fiscalización de la jornada electoral y la participación como tareas organizativas que debían prepararse con mucha anticipación. Según Tóth, la campaña dedicó unos ocho meses a preparar su operativo para el día de los comicios, lo que incluyó desplegar voluntarios, cubrir centros de votación y responder a posibles irregularidades.
Esto representa la etapa final de la transformación de Tisza. Lo que comenzó como enojo, movilización pública y un avance político carismático terminó por adquirir la estructura menos visible y necesaria para ganar unas elecciones: organizadores locales, contactos con votantes, equipos de trabajo, sistemas de datos, capacidad de comunicación, preparación legal, presencia en las mesas de votación y operativos de participación.
Esa estructura no es especialmente glamorosa, pero en un entorno electoral complejo puede ser tan importante como la propia campaña.
¿Qué podría significar esto para Serbia?
Hungría no es un manual de campaña para Serbia. Magyar era una figura del propio sistema con una habilidad particular para llegar a los votantes decepcionados del Fidesz. Hungría tiene un sistema electoral diferente, distintas tradiciones políticas y otra relación entre los partidos y la ciudadanía. Además, el movimiento estudiantil serbio está muy descentralizado y gran parte de su legitimidad proviene precisamente de mantenerse al margen de la política partidaria convencional.
Pero eso plantea el desafío central: ¿cómo puede el movimiento preservar las cualidades que generaron confianza y al mismo tiempo desarrollar las capacidades necesarias para competir en unas elecciones?
La experiencia húngara sugiere que la transición no tiene por qué ir directamente de la protesta al partido político. Existe una etapa intermedia en la que las redes de protesta se convierten en comunidades locales estables, los voluntarios asumen responsabilidades, surgen organizadores, se afianzan los vínculos con los votantes y se desarrolla una capacidad electoral profesional en torno al movimiento cívico.

Bem Rakpart, cerca de la calle Csalogány, Budapest, durante el discurso de victoria de Péter Magyar 2026, transmitido en directo en pantallas gigantes. Fotografía de Vauia Rex en Wikimedia Commons. Dominio público.
Para Serbia, esto podría significar expandirse más allá de los lugares donde el movimiento ya es más fuerte; mantener una presencia constante en ciudades pequeñas y pueblos; asignar responsabilidades concretas a los voluntarios; llegar a personas que jamás han asistido a una protesta; dirigirse con seriedad a los votantes decepcionados del Partido Progresista Serbio en lugar de tratarlos como un bloque hostil; vincular la corrupción con la vida cotidiana; desarrollar sistemas seguros de contacto con los votantes; y preparar a observadores, abogados y operativos de participación electoral mucho antes del día de las elecciones.
Ninguno de estos elementos explica por sí solo lo que ocurrió en Hungría. La fuerza de Tisza provino de cómo se reforzaban mutuamente. El perfil nacional de Magyar atrajo a la gente hacia las comunidades locales. Las comunidades locales generaron voluntarios. Los voluntarios propiciaron el contacto con los votantes. Una mejor organización reforzó la percepción de que Tisza podía ganar, lo que atrajo aún más participación. La comunicación digital amplificó la organización local en lugar de sustituirla. Y un mensaje político inclusivo permitió que el movimiento se expandiera más allá del electorado opositor tradicional.
Esa coherencia tal vez sea la lección más importante.
Los húngaros ya habían protestado antes. Ya habían denunciado la corrupción antes. Ya habían votado contra Orbán antes. Lo que Tisza aportó al final fue una infraestructura capaz de traducir el descontento en poder electoral.
Por lo tanto, para Serbia, donde el movimiento estudiantil ya ha demostrado una capacidad extraordinaria de movilización, la próxima pregunta tal vez no sea tanto si existe el deseo de cambio, sino cómo se organiza esa energía sin perder lo que la hizo poderosa desde un principio.
El caso húngaro no ofrece la respuesta, pero sí un recordatorio útil: la esperanza puede sacar a la gente a las calles; la organización es lo que da a esa esperanza el poder electoral.






